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COLUMNA

Tiburones

Los temibles tiburones grises del Acuarium de Madrid se reproducen la mar de bien en cautividad dentro de su tanque climatizado, escaparate inquietante iluminado por frías y brumosas luces de diseño. Los tiburones grises y los caballitos de mar, hipocampos de mitológica estirpe, se han convertido en el orgullo de sus criadores y cuidadores por su excepcional conducta reproductiva que este año ha propiciado una excepcional cosecha de escualos nacidos en Madrid e hipocampos nativos de la Casa de Campo (hipocampus campestris).

Los tiburones se pasean inmutables y solemnes, ajenos a los bípedos implumes que les observan del otro lado del cristal, fascinados, horrorizados y reverentes como si fueran ellos los cautivos. En el tanque de los tiburones reinan el orden, la paz y la armonía entre los diferentes géneros de escualos, todos se respetan y se ignoran, se cruzan y entrecruzan sin rozarse, abstraídos cada uno en lo suyo haciendo tiempo hasta la hora de la próxima pitanza.

Lejos del océano y demasiado cerca de los hombres, los tiburones se aburren y tal vez para aliviar el tedio se entregan con renovado celo a las tareas reproductivas y alumbran en asépticos quirófanos nuevas generaciones de escualos que nunca verán el mar, tiburones probeta, escualos de agua dulce. Si existiera esa especie, el tiburón de río, el cercano lago de la Casa de Campo sería el lugar idóneo para su crianza, mientras que a los hipocampos, de existir hipocampos fluviales, habría que llevárserlos al estanque del Parque del Retiro, un escenario a la medida de tan sofisticadas y delicadas criaturas.

En el estanque del Retiro yo he visto carpas descomunales que parecían tiburones y madres aprensivas que decían a sus hijos cuando subían a las barcas que no metieran las manos en el agua para no exponerse a un mordisco. Con los tiburones de agua dulce no habría tanto peligro por aquello de la aleta dorsal. Si echaran tiburones al lago de la Casa de Campo, el remo en sus aguas sería un emocionante deporte de riesgo y seguro que todos los días acudirían a sus orillas simpáticos abueletes con sus nietecillos para echar de comer piltrafas sanguinolentas a las voraces criaturas marinas, sobre todo ahora que está mal visto dar de comer a las palomas, que ésas sí que son un peligro.

Cría fama y échate a volar; las palomas agotaron su leyenda áurea y pasaron de ser símbolos de paz a puros bichos asquerosos: ratas con alas, las llama un concejal del Ayuntamiento de Madrid empeñado en su exterminio. Las palomas se dejaron querer mucho tiempo sin hacer nada para merecerlo: se quedaron a vivir con los humanos, que las adoraban, y se fueron contaminando y degradando con su contacto.

Con los tiburones ocurre lo contrario: de ser encarnación de la crueldad y la perversidad en el mundo submarino, el tiburón ha pasado a ser un animal totémico con el que se identifican millones de adeptos en todo el mundo; las escuelas de tiburones proliferan en el mundo de los negocios donde ser cruel y despiadado, agresivo y voraz, no son defectos, sino preceptos, cualidades imprescindibles para moverse entre las aguas turbias en las que nada el dinero en grandes bancos, maremágnum, río revuelto en el que los peces gordos se tragan a los pezqueñines sin que hasta ahora el mar les hubiera devuelto el golpe.

Los tiburones se desayunan con los ahorros de cien pequeños inversores incautos y a mediodía se zampan quinientos puestos de trabajo en una empresa que gestionan; para la cena, algo más ligero, unas facturas falsas o quizás un pequeño fraude contable, pura cocina creativa.

Los majestuosos y perfumados tiburones grises de Wall Street, expertos navegantes en el proceloso golfo de Dow Jones, andan por fin de aleta caída, encallados y encanallados en un mar de dudas y de deudas; la bonanza que pregonaban a los cuatro vientos sólo soplaba para ellos, eran cantos de sirena que conducían al desastre.

Quizás se esté agotando la buena racha de los tiburones, pero no hay que confiarse, pues como se ha demostrado en la Casa de Campo, se siguen reproduciendo incluso en cautividad y si les dejaran volverían a morder la mano que les da de comer. Menos mal que nos quedan los hipocampos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de septiembre de 2002