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El caso del gato Simbotas / 10. | INTRIGA EN LA MONCLOA

Mayte al rescate

Mayor Oreja sorprende al veterinario y sus acompañantes buscando en el jardín de La Moncloa el cadáver enterrado del gato. Como castigo, son conducidos al cuarto de los ratones del Palacio, donde Trillo y Rajoy tienen una discusión debido al asesinato del anticuario de Barcelona.

47. Pronto comprendí por qué Zaplana, recortado en la puerta, parecía Norman Bates. No sólo por su silueta espigada y su zancada precipitada: también por la luz irreal de los focos del equipo de televisión que le seguía. En un plis plas, el ministro dirigió el operativo de luces, cables, aparatos y personas.

-Pueden colocar la cámara por aquí, o por allí, o acá, mejor así -sus brazos batían el aire con determinación-. Como quieran, desde luego, pero mi experiencia en Canal 9 me avala.

-Lo siento, campeón, pero éste es un país libre.

-¡Maldición! -gritó Zaplana.

Javier Arenas había entrado en el sótano camuflado entre los operarios, y pasaba a dirigir libremente la operación.

-Como ven, campeones -nos señaló-, éstos son los integrantes del comando parasocialista que ha intentado asaltar el poder por métodos ilegítimos, una prueba más de la falta de ideas del PSOE y de la inmadurez de su líder. Les ruego no olviden esta frase. Si lo desean, pueden grabármela desde otro ángulo. Seguro que lo desean. Repito: una prueba más de la falta de ideas del PSOE y de la inmadurez de su líder.

-¡Oigan! -protestó Trillo-. ¡Que yo les he custodiao! Merezco unos planos y hasta unas palabritas.

De algún lugar inverosímil, no es descartable que viajara como polizón en el estuche de la cámara de televisión o que se encarnara de la nada, como un genio maravilloso sin lámpara pero con tele, apareció Jaime Mayor Oreja.

-Yo les capturé. Lo siento. Al menda, lo que es del menda. Exijo prioridad.

-Vamos, vamos, señores -terció Mariano Rajoy-, dejen un rinconcito para...

-Para el desponsable de dseguridad -brotó Ángel Acebes.

-Hombre, Angelito, cómo espabilamos cuando hay televisión.

-Menudo responsable -se quejó Mayor-, que permite que destrocen el mismísimo jardín del Palacio.

-No más de lo que lo destrozas tú cada noche -se abrió una puerta secreta y apareció Rodrigo Rato.

-Pero sigo órdenes del Presidente -replicó Mayor.

-Pues como yo -protesté desde la silla en la que me tenían maniatado-. El Presidente me encargó investigar la muerte del gato Simbotas, y por eso buscaba yo su tumba.

-Yo me troncho -se dirigía Arenas a los reporteros de televisión española-. Ahora resulta que estos socialistas están a las órdenes del Presidente. ¿A quién creerán ustedes? ¿A un veterinario o a seis miembros del Gobierno con línea directa con su director general? ¿Les gustaría tener programa de televisión propio?

-¿Alguno de ustedes querría enrolarse en un ejército moderno? -intervino Trillo en la confusión-. ¿No les gustaría conocer países exóticos? Afganistán, Irak, Irán, Corea... El eje del mal no deja de crecer, y cada vez llega más a tomar por saco, dicho sea con todo respeto para los Iueseí.

-¡Pero oigan! -grité-. ¡Que yo trabajo para el Gobierno!

-Vamos, vamos -sonrió Arenas; Zaplana ensayaba poses ante la cámara apagada, por puro vicio, como un culturista de la declaración política-, ¿va a negar usted que se ha entrevistado esta misma mañana con José Luis Rodríguez Zapatero?

-Señores -buscó Rajoy una solución de compromiso ante el alboroto-, si les parece nos haremos una foto de familia y después hablaremos de uno en uno. En el telediario hay sitio para todos y la paciencia de los españoles es infinita.

-A mí, si pudieran cazarme de perfil -sugirió Zaplana-, pero que parezca natural, como si me sorprendieran.

-Vaya, vaya, vaya, vaya.

La inconfundible voz nasal de Francisco Álvarez Cascos nos heló las espaldas a todos.

-El delfinario al completo. Tché tché tché. Veo que un equipo de televisión causa en los delfines el mismo efecto que el flautista de Hammelin en las ratas.

La irrupción del ministro de Fomento no era lo más sorprendente: tras Cascos asomaba Mayte.

48 -¿Cómo has llegado hasta aquí? -interrogué a Mayte en cuanto el último ministro hubo desaparecido tras el embrujo del equipo de televisión-. ¿Qué ha pasado?

-¡Silencio ahí dentro! -se elevó la voz de Jaime Mayor Oreja desde el otro lado de la puerta-. ¿No ven que estamos en pleno telediario?

-Hace unas horas han venido a buscarme a casa. He tardado en responder, primero porque pensaba que eras tú -me miró Mayte sin languidez- y después porque tenía que dar la cena a la niña. Luis está algo enfadado y estoy purgando las culpas de...

-No entres en detalles, Mayte -la interrumpí.

-Es que no hay más. Me han traído hasta aquí, Francisco Álvarez Cascos me ha cogido de la muñeca y me ha arrastrado hasta este cuarto de los ratones.

Nos mostró los moratones de las muñecas para demostrarnos que Cascos, cuando arrastra, arrastra de verdad.

49 La televisión del sotanillo nos informó: el piso del anticuario Tresserres había sido asaltado durante el entierro. No era el primer caso: al parecer, se trataba de una banda organizada cuyo jefe... ¡no podía ser!

-¡Otra vez el federiquito! -grité, sacando del duermevela a Juanma, Mayte y Esquina, amodorrados en las sillas.

-Tal vez no nos damos cuenta nunca y sucede siempre -dijo Juanma entre bostezos- que los telediarios se ruedan íntegramente en un plató.

-Como en El show de Truman -intervino Esquina-. El show de Jose María Aznar.

-En ese caso -se asustó Mayte-, ¿cómo podemos estar seguros de que nosotros somos de verdad?

-Nadie es de verdad. Sólo somos según nos cuentan.

Esquina me tenía frito con sus sentencias de cromo Bimbo.

-Ahí estamos nosotros -dije-. Menos mal que sí existimos.

El telediario nos mostraba como feroces integrantes de un comando parasocialista que había intentado asaltar la Moncloa. En seguida nos decepcionamos: apenas había espacio para nosotros, ya que la crónica era un interminable desfile de ministros apuntándose la medalla de la operación frustrada, 'una prueba más de la falta de ideas del PSOE y de la falta de liderazgo de José Luis Rodríguez Zapatero', remachaba Javier Arenas.

-¡Es indignante! -gritó Zaplana, abriendo la puerta-. ¿Lo habéis visto? ¿Lo habéis visto o no lo habéis visto? Me han puesto el perfil izquierdo.

-Tranquilo, campeón -intentaba sosegarle Arenas-. Hay más telediarios que longaniza. Cuatro al día, ¡cuatro!

-Ese cámara en Canal 9 estaría en la calle ¡ya! -no se apaciguaba Zaplana.

-Pero Javier -busqué su complicidad-, ¿quién va a creer que Zapatero ha planeado un asalto a la Moncloa? Todo el mundo sabe que Zapatero es incapaz de asaltar la Moncloa

-No te fíes, no te fíes -me guiñó un ojo, esquinó las pupilas para vigilar sus espaldas-. Ese tío es un radical secreto, de pancarta y barricada.

-No hay quien se trague eso -gruñó Esquina, con un sorprendente acento andaluz.

-España -rió Arenas- se traga lo que nosotros queremos que se trague. Cada vez que Aznar sale por la tele ven a un líder, en lugar de ver a un tipo bajito con bigote y mala leche, que en definitiva es lo que es Aznar, hombre, vicepresidente, ¿tú también has terminado con la tele?

-Gente maja -saboreó su puro Rajoy-. He quedado con ellos para hacer de comentarista de la final del Trofeo Colombino.

-¿Ya sabes que hay nuevas órdenes, Javierito?

-¿Qué órdenes? -se alarmó: sus pupilas bailaron merengue.

-El Presidente -habló Cascos desde un rincón, siempre en penumbra- quiere que pongamos el cadáver de Simbotas a disposición de este muchachito.

-Pero eso -comenzó a protestar Arenas- ¡no puede ser!

-Por favod te lo pido, Javier -cerró los ojos Acebes-, no vuelvads a didscutir una orden del número uno, también llamado Bosss u Omnímodo.

-No, hombre, Angelito -rio Rajoy-. Omnímodo le llamo yo.

-Habrá autopsia -dijo Cascos-, y la hará esta señorita, que es quien ha alertado al Presidente en su merecido descanso.

-¡Eso es absurdo! -gritó Arenas.

Era la primera vez desde que había empezado todo esto que estaba de acuerdo con él. Sólo viviendo en el mundo de fantasía de un ministro se podía creer que Mayte había telefoneado a José María Aznar. Le estaban arrinconando, como grandullones matoneando en un parvulario.

-Javier -se incorporó Rodrigo Rato al coro de burlas-, has hecho que se moleste al Presidente en vacaciones. Te van a despegar.

-Querrá decir que le van a pegar -intervine, recordando la frase de Felipe González: 'Yo nunca he pegado a mis ministros'.

-No, hombre -rió Rajoy-. El Presidente no nos pega...

-Todavía -le secundó en la risa Jaime Mayor.

-Le va a despegar del cuadro de honor -explicó Rato-. Según nos portemos bien o mal, el Presidente, para que sepamos en qué momento se halla la memez ésta sucesoria, nos pega o nos despega de una talla de madera que tiene en su despacho, muy bonita, por cierto, una magnífica antigüedad. ¿Quiere verla?

Mañana, undécimo capítulo: El anticuario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de agosto de 2002