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Reportaje:

El crimen del 'sheriff'

Sydney Dorsey ordenó matar a su sucesor en el cargo

Que a Derwin Brown le pegaran once tiros en la puerta de su casa parecía cualquier cosa menos un acto de delincuencia común. Acababa de ganar las elecciones para sheriff de Albany, un suburbio de Atlanta conocido por la poca separación ética que distingue a los buenos de los malos, a los policías de los ladrones. Brown había ganado la campaña con la promesa de luchar contra esa corrupción policial, y eso le costó la vida.

Dos matones a sueldo del sheriff anterior, el que había perdido el cargo en las elecciones, han destapado un giro argumental digno de los hermanos Coen. Fue ese ex sheriff, de nombre Sydney Dorsey, el que ordenó el asesinato de Brown. Le quería muerto para reclamar el cargo que quedaría vacante por culpa de los 11 tiros. Recuperada la chapa de sheriff, podría seguir con sus sobornos y sus corruptelas sin que un tipo con extraño sentido moral viniera a decirle que lo que hacía estaba mal.

Así funcionaba el departamento de policía de Albany, por el que circulaban más sobres con billetes que en una central bancaria. A Dorsey no sólo le va a caer una cadena perpetua por contratar a dos delincuentes barriobajeros para un trabajo sucio. Le caen también 11 condenas más, una por cada delito de soborno, corrupción, malversación... Se le condena también por exigir favores sexuales a una agente a su mando, por obligar a sus policías a trabajar en su propia compañía de seguridad e incluso por haberse acostumbrado a mandar a los agentes a su mando a hacerle la compra en el supermercado de al lado de la comisaría. Sólo fue absuelto de una de las acusaciones: obligar a los agentes a hacer campaña en su favor. El fiscal se olvidó de esa acusación porque bastante tenía entre manos con el resto.

Se presentó a las elecciones y perdió, pero no aceptó que un puñado de votos acabaran con su negocio. Tenía una larga lista de personas capaces de hacerle un trabajo a cambio de dinero. Dos aceptaron el encargo. Una mañana, la mujer de Derwin Brown escuchó un ruido 'como de petardos' cuando su marido acababa de salir de casa. 'Cuando salí, estaba tendido en el suelo en un charco de sangre. Le miré a los ojos y supe inmediatamente que se había ido', contó Phyllis Brown durante el juicio. El jueves, cuando un jurado entregó al juez el veredicto de culpabilidad contra Dorsey, la mujer sacó un teléfono móvil, marcó un número y sólo dijo 'Le han cogido'.

Cómo sería Dorsey que su propio abogado defensor, en las conclusiones finales, aceptó ante el jurado 'que mi defendido sea una persona inmoral, arrogante. Pero señoras y señores', dijo Don Samuel en el momento más peliculero del juicio, 'ustedes no están aquí para determinar la moralidad de Dorsey. Están aquí para determinar si la fiscalía ha demostrado su culpabilidad en el crimen más allá de la duda razonable'.

Los maleantes que aceptaron el encargo del sheriff testificaron contra él a cambio de inmunidad. Ahora el caso se cierra con otro elemento clásico de un buen crimen estadounidense: la pareja de malhechores ha firmado un contrato para escribir un libro con su versión del relato.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de julio de 2002