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COLUMNA

Desmemoria

'Llevo diez años en esto y nunca vi cosa igual', dice en el telediario, con cara de circunstancias, Raimundo Ávila, urólogo del Hospital de Poniente de Almería. Antes, estas cosas quedaban sólo para los amantes de los documentales de National Geographic, ahora llenan los telediarios. Y no ocurren en África, sino aquí mismo, en la confortable Europa. Un niño negro -'sub-sahariano', dicen los informativos con pudor políticamente correcto- ha perdido medio pene en una chapucera operación de circuncisión que los medios de comunicación califican de 'ritual'.

No ganamos para sobresaltos. El otro día, las teles y las radios nos repetían una horrible noticia: en Pakistán, en un acto que se calificaba de 'justicia tribal', una joven sufrió una violación múltiple porque su hermano había osado rebelarse frente al tabú de la diferencia de castas.

Éstas son también consecuencias de la globalización: los noticiarios, y no sólo los documentales, se ocupan ya de estas cosas. Quizá sea bueno: la difusión del horror despierta nuestra compasión y aviva los sentimientos de solidaridad. Lo malo es creer que estos sucesos ocurren sólo en el tercer mundo; es decir, que estas cosas les pasan sólo a los musulmanes.

No es difícil imaginar que actos de 'justicia tribal' como el de Pakistán se produzcan también entre nosotros y que los verdugos sean blancos y estén bautizados, como lo están la mayor parte de los jefes de las bandas que controlan por aquí las mafias de la prostitución y del tráfico de drogas y esclavos.

Es una pena que los padres del chico africano de Almería no supieran que es posible hacer una circuncisión gratis y con todas las garantías. Eso que los periódicos llaman rito es una práctica muy común: la mayor parte de los varones estadounidenses -y no sólo los judíos y musulmanes- están circuncidados.

Estamos empeñados en relacionar barbarie y religión, como si ambos elementos fueran inseparables. Es cierto que la fe ciega en verdades inmutables y exclusivas -tanto políticas, como religiosas- suele producir barbarie, pero, no nos engañemos, por lo general, la causa es el subdesarrollo.

Por eso es necesario fomentar la memoria: hace apenas treinta años, en este país había mujeres que morían por culpa de los abortos clandestinos, ni siquiera tenían la oportunidad que ha tenido el joven africano de Almería: no podían ir a un hospital por miedo a acabar en la cárcel.

Sólo en parte se le puede culpar al catolicismo: aquello ocurría a consecuencia de la pobreza. Las mujeres ricas no tenían esos problemas, podían abortar en Londres o en las consultas de sus médicos de confianza.

Tampoco era por nuestra religión por lo que, por aquellos mismos años -como me recordaba recientemente un buen amigo-, la megafonía de muchas estaciones francesas repetían en español -y sólo en español- la prohibición de tirar papeles al suelo.

Ahora ya no pasan estas cosas. Ya formamos parte del mundo rico. Nuestro presidente pone los pies en la misma mesa que el presidente Bush. Pero lo malo es que estamos perdiendo la memoria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de julio de 2002