Reportaje:ESCAPADAS

Monstruos en el jardín

El engaño y el arte se emparejan en las esculturas de Bomarzo

Misteriosa creación del jorobado Pier Francesco (o Vicino) Orsini, duque de Bracciano, levantado entre 1522 y 1570 aproximadamente, el parque de Bomarzo, el Sacro Bosco, se encuentra a los pies del pueblo de Bomarzo, a unos 90 kilómetros de Roma y a unos 20 de Viterbo. Debe en gran parte su fama a Bomarzo, la novela de Mujica Lainez publicada en 1954. Impulsada por las grandes esculturas de piedra, la fantasía del escritor argentino voló hacia el Renacimiento, hacia el mundo refinado y brutal de los Orsini y los Farnesio, los Medici y los Colonna, los cardenales y los condottieri, y su novela inspiraría a su vez, diez años más tarde, la famosa ópera homónima de Alberto Ginastera. Después de los Orsini, entre sus dueños estuvieron los Poniatowski y los Borghese. Pertenece hoy a Giovanni Bettini, que lo ha rescatado del abandono y que ha escrito una guía más digna del Parque de los Monstruos que de la Villa de las Maravillas.

El tamaño sí importa, decía la inteligente frase publicitaria de una película sobre un descomunal monstruo marino. El Laocoonte, en el Vaticano, o el Templete de Bramante, en San Pietro in Montorio, pueden decepcionar en un primer momento a quienes los hayan imaginado de grandes proporciones. Se precisa, entonces, una segunda aproximación a esas magníficas obras. Quizá no esté de más, por ello, avisar de que los monstruos, animales y dioses sacados de las rocas de Bomarzo se concentran en un área no demasiado extensa, a la que su frondosidad y el riachuelo que la recorre añaden encanto.

Diversión y sorpresa

Villa de las Maravillas se llamó en su momento, Parque de los Monstruos se rebautizó más adelante, y ambos nombres le sientan bien. Vicino Orsini buscaba, seguramente, aleccionar, divertir y sorprender, dentro de una tradición manierista que se apartaba ya de la racionalidad propia del Renacimiento. Podría ser un homenaje a su primera esposa, Julia Farnesio; una burla -un bromazo, se me ocurre, sacando a bailar a la bella letra erre-, o un alegórico intento de sobrevivir a la muerte. Focos repartidos aquí y allá indican que existe la posibilidad de iluminar la Ballena y la Tortuga, el Elefante y el Ogro, el Dragón, a Neptuno y a Ceres, y todas las demás esculturas más o menos invadidas por el musgo; pero por la noche el parque permanece cerrado: una lástima, pues en la oscuridad el poder sugestivo de las rocas talladas y sus inscripciones debe de multiplicarse. Es fácil adivinar que el movimiento y el murmullo del agua -algunas esculturas, como la de Neptuno, eran fuentes- formaban parte del efecto pretendido.

'Tú que entras aquí / míralo todo con atención / y luego dime / si todas estas maravillas han / sido hechas / por engaño o por arte', dice una de las inscripciones que fortalecen el poder sugestivo de esta fantasía y dan una pista sobre el carácter orgulloso de Orsini. Salto una valla de troncos para llegar a la Tortuga. No es extraño que las guías recomienden Bomarzo a las familias con niños (y, efectivamente, niños son muchos de los visitantes). Pero los mayores a veces tenemos pequeñas oportunidades de recuperar por un instante la infancia perdida, y como un niño me siento al colarme por el pasadizo excavado en la piedra cerca de la enorme Tortuga y saltar el riachuelo para ponerme junto a las fauces de la Ballena, o al marearme ligeramente en el piso superior de la Casa Torcida. Y vuelto al mundo adulto, pienso, ante la Lucha de Gigantes (Hércules se dispone a desgarrar a Caco), en el paradójico recorrido circular del arte: su primitivismo, su tosquedad (que seguramente llevó a Mujica Lainez a suponer que fueron artesanos y agricultores quienes labraron las esculturas de Bomarzo, y no consumados artistas), es precisamente lo que confiere al grupo un aire moderno, de siglo XX. Está prohibido comer en el parque, pero en el interior del Ogro hay un banco corrido y una mesa de piedra muy a propósito. La boca es la puerta del infierno (la leyenda dantesca del labio superior así lo evidencia) y, ya dentro, los ojos son ventanas, y cualquier sonido retumba. Juego a lanzar gritos y un par de señoras me miran con evidente fastidio: por mucho que lo pretenda, ya nunca podré permitirme las libertades de los sojuzgados niños.

La visita a la villa de Bomarzo completa la jornada, y supone una agradable sorpresa. Allí se alza el palacio Orsini, con la doble uve (de Vicino Ursini) o el nombre del duque en algún escudo pétreo. Desde el pueblo se domina el quebrado paisaje de los alrededores, pero no se ven las esculturas del parque, tapadas por la exuberancia de la vegetación; sólo se alcanza a distinguir, con bastante imaginación o con la ayuda de unos prismáticos, la linternita que corona el Templo. El casco histórico de Bomarzo es precioso. Casas de piedra, macetas con flores en paredes y balcones, estrechos pasadizos y callejones a veces muy oscuros, chimeneas, pequeñas puertas de madera, arcos..., le confieren un sabor medieval aumentado por su tranquila soledad. En una placita en la que no se ve un alma oigo el insistente zumbido de una mosca y observo cómo el aire lleva una bolsa de plástico de un extremo a otro de una barra que vuela entre dos ventanas. Por un momento siento estar en una ciudad fantasma en la que se ha detenido el tiempo. En la iglesia, en cuya fachada, a ambos lados, destacan dos relieves con los osos de los Orsini y las flores de lis de los Farnesio, la macabra momia de san Anselmo, en el altar mayor, pretende luchar contra el paso de los años. Idéntico afán de inmortalidad pareció guiar a Vicino al crear su Sacro Bosco. Todos sabemos en qué acaba esa lucha, pero afortunadamente la derrota no disminuye la grandeza de tales sueños; en todo caso, la aumenta.

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos

- Habitantes de Bomarzo: 1.480 - Prefijo telefónico: 0039.

Cómo ir

- Bomarzo se sitúa a unos noventa kilómetros de Roma. Se puede ir en tren a Viterbo, y de allí tomar un autobús a Bomarzo. Si se dispone de coche, se puede ir por la Via Cassia (autovía que pronto se convierte en carretera) hasta Viterbo. Desde allí, en dirección Orte, hasta la salida a Bomarzo. Carteles amarillos facilitan la llegada al Parco dei Mostri. - Iberia (902 40 05 00) vuela a Roma, hasta el 1 de septiembre. Desde Madrid, 388,75 euros, y desde Barcelona, 342,75 euros. Ofertas de última hora en www.iberia.com, desde 148 euros más tasas. - Alitalia (902 10 03 23). A Roma, hasta el 2 de septiembre, desde Madrid, 310 euros, y desde Barcelona, 284 euros. Alitaliatour (902 11 39 38) ofrece paquetes de vuelo más tres noches en un hotel de tres estrellas por 354 euros, y de cuatro, por 398, ambos más tasas (hasta el 31 de agosto).

La visita

- Parque de los Monstruos (07 61 92 40 29). Abre de 8.00 a 19.30. La entrada cuesta ocho euros. No hay descuentos. En el interior del parque no se puede comer, pero a la entrada hay un agradable merendero, además de una tienda con un pequeño restaurante, no demasiado apetecible. - www.acpb.com/bomarzo.

Información

- Información turística de Bomarzo (07 61 82 08 84). - Turismo de Viterbo (07 61 30 47 95). - Turismo de Roma (06 36 00 43 99).

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 05 de julio de 2002.

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