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Reportaje:Reportaje | Grupo H: Japón y Bélgica, adelante | Mundial 2002

Fiebre azul en Hiroshima

Todo Japón se lanza a la calle para disfrutar del éxito de su selección

En Hiroshima entienden mejor que en ningún lado que el fútbol no es cuestión de vida o muerte. Pero, pasada la medianoche de ayer, siete horas después, la gente seguía festejando en la calle el histórico triunfo de Japón poseída por lo que el entrenador de la selección, el francés Phillipe Troussier, llama 'la fiebre azul'.

Por todas partes está de moda una prenda: la camiseta azul del victorioso equipo nacional. Alguién se está forrando. Cuestan más de 100 euros. Pero no importa. Un Mundial no llega todos los días y si los japoneses está derrotando a los grandotes europeos demostrándoles la soltura y el entusiasmo con el que se debe jugar un deporte que, a nivel profesional, apenas lleva diez años por estos rumbos...

Los jóvenes estaban locos de alegría en la ciudad que fue, y en cierto sentido sigue siendo, la más triste del planeta

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En Nagareko, el barrio de juerga de Hiroshima, nadie se inhibía. Un grupo de cuatro señores vestidos de traje y corbata avanzaban por una avenida coreando, no gritando, '¡Nipón! ¡Nipón! ¡Nipón!'. Pasaban los coches y los jovenes les saludaban con los puños en alto y tocando las bocinas. En una pequeña plaza, un par de chicas, con las camisetas y los vaqueros azules, cantaban en un karaoke. Cada una, con un microfono y un altavoz a sus pies, una alegre canción del pop japonés. Tendrían unos 25 años, pero sus voces parecían de 10. Muñequitas japonesas imitando a Madonna. Unas 30 personas las rodeaban en un semi círculo, algunas bailando al ritmo de su música. Se acabó la canción, hubo aplausos y, de repente, uno de los que estaban bailando, que también llevaba la camiseta de la fiebre azul, explotó con un '¡olé, olé, olé, olé!' al ritmo triunfal que se oye en todas las gradas de todos los campos de fútbol del mundo. Las dos chicas empezaron a cantar con él y, de pronto, 40 personas, casi todos jóvenes, ya estaban cantando y saltando, locos de alegría, en el centro de la que fue, y en cierto sentido sigue siendo, la ciudad más triste del planeta.

Todo Japón se ha transformado viendo jugar a su equipo. Es como si todos los habitantes, o la gran mayoría de ellos, hubiesen bebido de una poción mágica que les ha quitado las penas que han vivido durante un decenio de estancamiento económico, que les ha borrado aquella forma de ser tan inhibida que siempre pareció definido el carácter japonés.

En Osaka, a unos 200 kilómetros de Hiroshima, donde se jugó el partido Japón-Túnez, otros jovenes celebraban la victoria lanzándose desde un puente, uno tras uno, al río Dotonbori. Durante el encuentro, miles que no habían conseguido entradas se congregaron en un parque cercano para, como explicaban, poder oír 'en directo' los rugidos de la afortunada multitud que estaba dentro. Después, miles más esperaron al lado de una avenida próxima al estadio para ver pasar el autobús de su heróica selección.

En Tokio, 50.000 personas en el estadio Nacional -normalmente usado para el béisbol- presenciaron el partido en una pantalla grande de televisión.

Tras el triunfo final, la policía, que en ninguna parte de Japón ha sabido cómo reaccionar ante escenas tan felizmente descontroladas, pidió a los medios de comunicación, en las afueras, que, por favor, no entrevistaran a la gente por temor 'a que se excitaran demasiado'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de junio de 2002