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Tribuna:REDEFINIR CATALUÑA

Aznar: cara y cruz de un demócrata converso

Que 25 años no son nada... Algunos, por ejemplo, no pudimos ni votar, con los 18 ni tan sólo estrenados, 18 que tampoco servían para mucho. Pero incluso desde esa especie de jugarreta de la biología, que dejó a mi generación fuera de la gran urna sentimental que fue la primera votación democrática, estábamos ahí, en la primera fila de las esperanzas. Estábamos algunos..., y digo algunos porque el estar o no estar donde tocaba en ciertos momentos históricos marca una frontera plagada de significados... No. No voy a escribir el típico artículo de reproches: que si la camisa azul de varios excelentísimos de hoy en día, que si el chiste que corre por Internet sobre los descendientes de los inefables que copan cargos, que si Aznar leía a José Antonio a la misma edad que otros leíamos a Marcuse y a Lenin... Convencida de la grandeza de la democracia, especialmente cuando se convierte en nueva religión de infieles, me interesa el presente más que el pasado. Y eso a pesar de practicar el provocador ejercicio de la memoria cada vez que urge, alumna entusiasta como soy del maestro Raimon. Por tanto no voy a poner en duda el carácter democrático de José María Aznar, como tampoco pongo en duda su categoría política. ¿O vamos a cometer con Aznar el mismo error que durante años cometió la izquierda con Jordi Pujol, a quien, perdonándole la vida, vimos cómo iba ganando sin parar? Por cierto, querido Pasqual, ¿es inteligente ese ninguneo que practicas con Artur Mas? A ver si estáis repitiendo con el heredero los mismos errores que practicasteis con el patriarca... Artur Mas es un político de mucho nivel. Yo de vosotros lo tendría en cuenta.

Decía que Aznar es demócrata. Alguien que ha ganado unas elecciones democráticas, que gobierna un Estado democrático y que incluso preside una comunidad europea no puede estar bajo sospecha permanente, entre otras cosas porque la democracia no es el patio privado de nadie. Su gracia reside en ser un patio compartido. Sin embargo, una cosa es no cuestionar el carácter democrático de un gobernante, y otra muy distinta hablar de la calidad de esa misma democracia. O hablar, ¡ay!, de la calidad en la convicción democrática. Ahí es donde el terreno que correr es tan ancho como ancha es Castilla, y ahí, el presente polémico y el pasado significado se funden en un mismo e interesantísimo axioma. Aznar no vivió su educación sentimental -en los términos en que Flaubert habla de educación- bajo ningun techo comprometido. Ni libros para alimentar la piel sensible, ni ideas para regar el compromiso social, ni gentes con las que aprender lecciones de libertad. Bien al contrario, se formó en la cultura del desprecio a lo democrático, perfectamente insertado en su pueblo, dividido el mundo entre pueblo ganador y pueblo derrotado. La suya fue una formación prepotente, como prepotente fue el concepto de victoria del franquismo. Si algo quedó de eso que se dio en llamar el franquismo sociológico, quedó esto: la arrogancia de los triunfadores y el desprecio por los vencidos. Y un sentido nulo de lo que significaba la cultura democrática.

Aznar aún nos desprecia. Y creo que, según cómo, aún nos ve como perdedores, ingenuos progres de pacotilla que hasta le caemos simpáticos, sino fuera porque mareamos en el Parlamento, nos da por montar huelgas y hasta cuestionamos su concepción del poder. Aznar es un demócrata. El problema es que la calidad de su democracia reduce a mínimos el tono muscular que tendría que tener el músculo. El problema es que no hablamos de lo mismo cuando decimos que hablamos de democracia. A diferencia de un Jordi Pujol, por ejemplo, cuya formación en la lucha democrática no sólo es incuestionable, sino que le ha marcado carácter -por eso Pujol puede ser sensible a según qué críticos y abusos-, Aznar entiende la democracia como una contingencia, más o menos interesante, que le ha caído en gracia, por gracia de sus gracias.

Es decir, Pujol se siente apelado por la crítica democrática. Aznar no se siente apelado porque su base fundacional nunca tuvo que ver con la democracia. De ahí que considere normal despreciar al Parlamento y gobernar a golpe de decretos. De ahí que chulee a los agentes sociales cuanta más finezza requeriría su acción gubernamental. De ahí que no entienda con el mismo rigor el delicado tema de la independencia informativa. De ahí que lo suyo nunca haya sido el respeto a las minorías. Lo decía Iñaki Anasagasti en el debate de Puigbó en TVE: 'La democracia se basa en el gobierno de la mayoría y el respeto por las minorías'. ¿Minorías? ¿Cómo puede respetar ese concepto tan vitriólico y arriesgado quien formó su universo simbólico en el terreno del ejército triunfador? Y no lo digo con sarcasmo, a pesar de la tentación, sino con convicción: la cintura política nace de una concepción muy profunda del hecho democrático. Sin esa concepción, no hay cintura, hay golpe de acción. O de efecto. O cabreo del poder. O desprecio de mayoría absoluta. O autoridad, en su sentido más ínclito... Aznar, por tanto, no es un franquista de pacotilla. Es un gobernante demócrata que no se formó en la democracia. Pero que sí se formó, lo cual significa una doble condición de formación. A diferencia de los líderes de la izquierda, incluso de su misma generación, que pueden cometer abusos pero que conocen el hierro punzante de la mala conciencia, Aznar ni tiene mala conciencia, ni entiende por qué tendría que tenerla. Si añadimos a ello que, en plena crisis de la política, el autoritarismo no está mal visto, excelente sustituto de la ilusión ideológica, podemos acabar más preocupados de lo que estábamos. Tenemos una democracia gobernada por un demócrata. Solo que su democracia y la nuestra no se parecen en nada...

Pilar Rahola es periodista y escritora. Pilarrahola@hotmail.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de junio de 2002