Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
VISTO / OÍDO

Gordos y flacos

Cada cuatro segundos alguien muere de hambre. Hay muchas maneras de expresar este hecho natural, hay arrasadoras imágenes de niños y de senos colgantes secos, terrones cuarteados. No es necesario recordarlo, pero en esta profesión hay que tratar la actualidad por anécdotas, y ahora la FAO está en una de sus conferencias para recordarlo. Desde que existe la FAO el problema se ha ido agravando. No es una relación, claro, como no lo es que desde la ONU las desigualdades han ido creciendo. Es que los organismos no sirven para nada y la proyección de la historia no se detiene. Una supuesta estupidez gobierna, y no es una estupidez: es un movimiento humano que ya estaba en Atapuerca por el cual unos acaparan y otros se quedan sin nada. En este momento de seis o siete mil millones de habitantes el proceso se multiplica: hay una aceleración histórica que ha hecho que en los últimos siglos sea peor. Si es que esto es malo, que no lo sé: hay quien cree que es la providencia divina que se lleva a los cielos a los pobres y rechaza a los ricos: qué mentira canalla. La multiplicación va a seguir. Los moribundos no nos pueden hacer nada más que tratar de huir de su propia muerte y encontrarla en el agua que providencialmente nos separa de ellos, o servirnos de esclavos, prostitutos o mendigos. Ellos piensan que, al llegar a un mundo donde se muere de obesidad desde donde se muere de flaqueza, puede haber un efecto de ósmosis. No, no. Las soluciones de la FAO son pintorescas: implantar el vegetarianismo de forma que los cereales que come el ganado vayan a los pobres del mundo.

Entremos definitivamente en la creencia de que las cosas ocurren por lo que llamamos política, que es esta cuestión de comer más y menos, y que el acaparamiento es deliberado: no es que falte comida, no es que haya más comedores que comida: es que unos tienden a quedarse con lo que podía ser de otros. La cuestión no es de la FAO, sino de las armas. Bush hace lo mismo que sus predecesores pero con menos hipocresía: los que se lanzan contra nosotros para que les demos algo son los terroristas, y hay que matarlos. Aquí nos limitamos a decir que son delincuentes, y a legalizar su muerte, a apresurarla volviéndolos a lanzar a la nada de donde vienen. La FAO limpia conciencias y a mí me da risa. Yo lo cuento aquí una vez más, y me da vergüenza. No ajena: propia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de junio de 2002