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Mundial 2002 | El desenlace del Grupo A

El antijuego y Zizou

Los dos partidos disputados por la selección francesa en esta Copa del Mundo, el primero contra Senegal y el segundo contra Uruguay, nos han hecho recordar una verdad que puede volver a producirse el próximo martes ante Dinamarca: cuando un equipo es supuestamente más débil que su adversario tiene todo el interés en evitar que se juegue.

Los entrenadores se han convertido en expertos en la materia: saben que en ocasiones es preferible establecer una táctica ultradefensiva en vez de tratar de desafiar al rival en la construcción del juego. Los uruguayos realizaron una demostración de ello, pero utilizando medios lícitos.

En el futuro, los árbitros deberán desempeñar un papel fundamental si no queremos que el juego se aleje de su vocación inicial. Deberán castigar más a los equipos que rechazan jugar, como hacen hoy los colegiados italianos, los mejores del mundo.

Desde 1998, la selección francesa tiene el deber moral de realizar un buen fútbol. Ese año organizamos la Copa del Mundo: nadie, por aquel entonces, habría comprendido que no tuviéramos la iniciativa ofensiva. Concentrado en este objetivo, convertí a mi equipo en un bloque colectivo en el que todo el mundo tenía unas obligaciones muy precisas, con la salvedad de Zidane, que era libre de hacer lo que quisiera. Mis dos delanteros debían ejercer una presión constante sobre los defensas para impedir a los equipos contrarios desarrollar su juego.

El título de campeón del mundo no ha cambiado nada: ahora, más que nunca, los franceses deben buscar el partido. Contra Uruguay, en un momento del encuentro, esperaron a su adversario pensando que éste se abriría. Pero los uruguayos no se movieron un ápice, lo que provocó que asistiéramos a una fase de antijuego. Luego, los franceses volvimos a tomar la iniciativa. Y, con 10 contra 11 tras la expulsión de Henry, fuimos quienes demostramos crear más juego. Sin embargo, encontrar una brecha en la defensa rival no fue fácil. Cuando un equipo se encierra, los espacios escasean. En esos momentos es necesario multiplicar las permutas y los desmarques en diagonal para infiltrarse en las líneas rivales.

El precio del éxito es que todos los entrenadores del mundo saben ahora cómo deben jugar contra Francia. Todos han analizado su juego para frenarlo mejor. Sin embargo, hay un elemento contra el que ningún técnico podrá hacer nada: el talento de este futbolista excepcional que es Zidane.

Por mucho que uno estudie su juego hasta el más mínimo detalle, Zizou siempre sorprenderá con un gesto nuevo o su sentido táctico. A día de hoy, todo radica en saber en qué estado físico y mental está antes de enfrentarse a Dinamarca. Pienso que está inquieto. Al no saber muy bien cuál es su estado, debe preguntarse si recuperará su nivel de juego anterior a la lesión, así como el ritmo de competición.

Asimismo, Zizou debe repetirse lo siguiente: 'Mis compañeros han sufrido problemas durante mi ausencia. Así que cuentan mucho conmigo'. La responsabilidad que pesa sobre sus hombros ante este partido es igual que el personaje: enorme.

Aimé Jacquet fue seleccionador de Francia y campéon del mundo en 1998.

Aimé Jacquet fue seleccionador de Francia y campéon del mundo en 1998.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de junio de 2002