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Mundial 2002 | Grupo B

Llueven piedras sobre Tristán

Ni en sus momentos más felices puede resistir nuestro fútbol la tentación de prender la pira de los sacrificios para disfrutar del espectáculo de un ídolo abrasado. En la interminable historia de los fracasos de la selección siempre hubo un chivo expiatorio que ofrecer a las llamas inquisitoriales, desde Arkonada en el Mundial de España 82 hasta Molina en la Eurocopa de Bélgica y Holanda 2000. Y en esta atípica ocasión, en la que España ha abandonado su papel de eterno agonías y disfruta de un insólito bienestar, tampoco ha faltado una víctima para la hoguera. Mientras la felicidad española compite con el brillo del sol naciente, el fuego purificador devora a Tristán, la única mácula de decepción en medio de la dicha.

Una Copa del Mundo es como una tormenta súbita que invierte en un instante la percepción de todas las cosas. Pocos futbolistas llegaron a Corea del Sur tan desacreditados como Morientes, al que se responsabilizaba de gran parte de los males del Madrid. Como contraposición estaba Tristán, magia pura en cada regate y cada disparo, punta de lanza del tridente destinado a invertir el amargo destino histórico de España. Diez días después, Morientes es el mesías nacional y de Tristán ya se dice que el campeonato le viene grande.

Dos partidos han bastado para condenar a ése al que antes se presentaba como un cruce andaluz entre Romario y Van Basten. Todo el mundo parecía embelesado con sus vaselinas y sus remates secos y traicioneros y había prisa por olvidar su condición de futbolista complejo y contradictorio. Si hubiesen preguntado a cualquiera de los entrenadores que le han dirigido o a los aficionados de su pueblo, entre los que aún hoy su mención supone el inicio de una discordia, les habrían advertido de que disfrutarlo es un placer que requiere paciencia. Porque Tristán nunca se ilumina sin haber pasado antes una larga temporada en las tinieblas.

El Mundial es el reino de las prisas y, de momento, ha atropellado a Tristán. A nadie se le oculta que apunta muy alto y que sus ambiciones profesionales no se agotan en el Deportivo. Por eso había puesto tantas esperanzas en el escaparate de Corea: incluso se perdió el último partido de la Liga, ante el Madrid, para evitar que un pequeño golpe fuese a más y comprometiese su presencia en la selección.

Tanto suspirar por el Mundial para acabar eclipsado por Morientes y con un estiramiento en los abductores que no le permitirá volver hasta los cuartos de final si es que España llega tan lejos. Pero que nadie se precipite a lapidarlo: la experiencia indica que el mejor Tristán aparece cuando más piedras le llueven.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de junio de 2002