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COLUMNA

Lógica consecuencia

Se consumó el gran batacazo. El Real Madrid ha completado, pues, una pésima temporada, en la que no sólo se ha quedado sin títulos, sino también sin excusas. En su caída al vacío, no hay un clavo al que agarrarse; una explicación que alivie; una justificación que exculpe a los artífices principales de un fiasco que, se vea desde donde se vea, es de los gordos.

Como primer responsable del fracaso hay que situar a Sergio Scariolo, de la misma forma que en su primera campaña, cuando el Madrid ganó la Liga en el mismísimo Palau Blaugrana ante el Barcelona, fue el primero en llevarse las merecidas flores.

Scariolo ha tenido tres años para confeccionar una plantilla a su gusto; sin grandes dispendios económicos, pero sí con los recursos suficientes para poder traer a dos ex NBA como Tabak y Tarlac.

Además de entrenador, Scariolo es director deportivo de la sección, por lo que ni siquiera puede parapetarse en decisiones de otras personas. Él ha sido el responsable de todo lo que ha ocurrido en el Madrid y, como tal, ha fracasado.

No se han conseguido títulos, no se ha jugado bien, no ha habido nunca un quinteto titular sobre el que construir un estilo, no se ha ilusionado a la afición, han naufragado elecciones suyas como la de Vukcevic y sobre todo Tarlac, mal durante la temporada y pésimo en los playoffs. Para colmo de males, ha acaparado un debate con la grada nada positivo para el equipo.

Problemas enormes

Técnicamente, los problemas han sido enormes, como las infinitas pérdidas del balón o las dificultades para plasmar su superioridad en altura con rebotes, reflejo de las deficiencias de algunos jugadores en aspectos básicos del juego.

Por no hablar de la ausencia absoluta de liderazgo en el equipo, que no ha aparecido por ningún sitio ni cuando iban las cosas bien, allá por el mes de noviembre, ni en plena crisis de lesiones.

Con Djordjevic, desgraciadamente, dando sus últimos coletazos y con Raúl en proceso de formación, nadie ha cogido el toro por los cuernos, nadie se ha cargado el equipo a la espalda, nadie se ha convertido en la referencia de sus compañeros.

¿De verdad alguien pensaba que, con estos antecedentes, el Madrid podía aspirar a algo, ni siquiera cuando recuperó a todos sus lesionados? ¿En qué se basaba ese optimismo alrededor de un equipo sin liderazgo en la cancha, sin jerarquías definidas, sin quinteto estable, sin contundencia interior y con un público poco presionante?

Nada que objetar al esfuerzo de jugadores y entrenadores en una temporada muy complicada por las lesiones, pero el esfuerzo es el mínimo exigible. Lo que se esperan son otras cosas que esta vez no han aparecido en el Madrid. Lo ocurrido ayer, la derrota ante Estudiantes, no es más que una lógica consecuencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de mayo de 2002