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COLUMNA

Rarezas

Últimamente suceden cosas raras, cosas inquietantes en las que, para mayor zozobra, nadie parece reparar. Como, por ejemplo, la entrevista que publicó EL PAÍS el otro día con el indescriptible pope de las guerras ultragalácticas, ese icono popular llamado George Lucas, el cual sostenía que todo el mundo tenía unas enormes dudas sobre qué sistema era preferible, si la dictadura o la democracia, porque las democracias podían ser peores que una dictadura, mientras que de todos era sabido que una dictadura benigna gestionaba mejor los asuntos de un país. Y Lucas soltaba esto como si fuera la cosa más normal, sin que nadie se lo discutiera ni se resaltara su opinión, como si de verdad todo el personal anduviera planteándose la elección entre el sufragio universal y la tiranía (me pregunto con qué clase de gente se moverá este tipo), como si de verdad existieran las dictaduras benignas. Luego Lucas añadía que, por desgracia, la mayoría de las dictaduras se convertían en malignas, pero esa observación no contrarrestaba el peligro, la ignorancia y el delirio de sus palabras. Si el chico de moda piensa esto, ¿no será que este torpe e inculto pensamiento se está poniendo de moda?

O como esa otra noticia de los cuarenta inmigrantes de una patera que estaba a punto de hundirse en el Atlántico y que se salvaron de una muerte segura porque llamaron a un pariente en España, el cual avisó a su vez a la policía. Les localizaron porque dijeron que se encontraban entre buques gigantes y, en efecto, ahí estaban, en mitad de la ruta de los barcos mercantes. Es decir, y esto es lo que nadie ha resaltado: se los iba a tragar el mar pero no estaban solos, sino rodeados de grandes navíos que los hubieran dejado ahogarse tan ricamente (me pregunto cuantos otros inmigrantes ya habrán muerto así, a pocos metros de un barco salvador y a la vista de todos), incumpliendo la vieja ley del mar que exige ayudar a quienes naufragan, porque ahora nadie se arriesga a recoger a un sin papeles por si luego los gobiernos no les dejan entrar en los puertos. Y es que ahora vivimos en un mundo que ya no respeta estas leyes elementales, esta ética básica y primera. Un mundo de ojos cerrados que no presta atención a estas rarezas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de mayo de 2002