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Crítica:MÚSICA

La voz que se apagó a deshora

Eva Cassidy tenía sólo 33 años cuando un cáncer de piel acabó con su vida en 1996. Una antología póstuma, Songbird, la descubre ahora como una de las vocalistas más portentosas que la música norteamericana alumbró durante la pasada década. La crítica coincide en que su talento interpretativo habría alcanzado en estos momentos cotas difíciles de superar.

En la lista de los 10 álbumes más vendidos en el Reino Unido durante 2001 hay hueco para una sorpresa mayúscula. Junto al soul edulcorado de Dido, el pop-rock lánguido de Travis o David Gray, las descargas contagiosas de Stereophonics o la reconversión en crooner de Robbie Williams se desliza, con más de 760.000 ejemplares vendidos, el nombre de Eva Cassidy, una joven estadounidense fallecida cinco años atrás y de la que casi nadie contaba con la menor referencia.

El disco se titula Songbird y su lanzamiento corre a cargo de una minúscula compañía independiente asentada entre Brighton y Australia, Hot Records. El diseño es, de hecho, más bien pedestre, a medio camino entre la casete de gasolinera y la de herbolario. Pero los contenidos resultan sencillamente conmovedores. Sus 10 cortes encierran un torrente desbordante de emoción y una historia dolorosamente trágica, la de una muchacha a la que el destino zancadilleó, inmisericorde, en lo mejor de la vida.

Eva Cassidy nunca tuvo madera de diva. Frágil, huidiza, a menudo poco segura de sí misma, su familia recuerda que en una de sus primeras actuaciones en público, con 13 años, se le cayó el micrófono al suelo, rompió a llorar y prometió que no subiría nunca más a un escenario. Eva había nacido el 2 de febrero de 1963 en Oxon Hill (Washington), con ancestros alemanes e irlandeses, y desde muy pequeña se encerraba en el cuarto a pintar y canturrear. Su padre y hermano eran músicos aficionados y en casa se escuchaban a menudo los manifiestos folk de Dylan, Pete Seeger y Buffy Sainte-Marie, la autora de la melancólica Tall trees in Georgia.

Durante mucho tiempo, la joven Cassidy repitió entre sus allegados que se conformaría con grabar segundas voces para Stevie Wonder. Sin embargo, las primeras maquetas caseras que se conocen, fechadas en 1984 y rescatadas hace poco por su padre, Hugh Cassidy, evidencian ya un portentoso instinto interpretativo hacia todo cuanto oliera a jazz, soul, gospel o rhythm and blues. Eva adoraba a Ella Fitzgerald, pero también a una cantante mucho más ligera, Linda Rondstadt. El resultado es un estilo melódico que se ha comparado con el de Nancy Wilson y que cuenta entre sus admiradores confesos con Roberta Flack, Shirley Horn, Mick Fleetwood o Paul McCartney.

El principal valedor de Eva fue un ingeniero de sonido, Chris Biondo, fascinado por el personaje y sus dotes interpretativas desde 1986. Fue él quien, en una noche de vodkas con la vieja leyenda del soul Chuck Brown, le hizo escuchar una maqueta de la Cassidy. 'Me quedé fascinado, estupefacto con la voz de aquella muchacha negra. Era tan única como Peggy Lee o la Fitzgerald. Cuando me presentaron a una muchacha de hermosos cabellos rubios, pensé que me estaban gastando una broma', recordaba Brown en una entrevista para la BBC Radio.

Chuck y Eva publicaron en 1992 un álbum conjunto en directo, The other side. Allí aparecía por vez primera la libérrima lectura de Over the rainbow con la que Cassidy ha conmovido al mundo. El pasado mes de abril, los oyentes de la BBC elaboraron con sus votos la lista de las cien mejores voces de todos los tiempos. Nuestro personaje obtuvo el puesto 21, por delante de Sarah Vaughan, Edith Piaf, Shirley Bassey, Dinah Washington, Joni Mitchell, Nina Simone o Kate Bush.

El segundo trabajo de Eva

, también en vivo, no llegaría hasta 1996. Live at Blues Alley se registró a lo largo de dos intensas sesiones en este prestigioso club de Georgetown, con recreaciones volcánicas de Cheek to cheek, Take me to the river, People get ready o What a wonderful world. El único disco en estudio, Eva by heart -con Time is a healer, I know you by heart o Songbird, el clásico de Fleetwood Mac, entre sus surcos-, ya apareció con carácter póstumo en 1997.

'Eva conjugaba una profunda emoción y una técnica perfecta, y todo ello sin un gramo de pretenciosidad', exclama el saxofonista Ron Holloway en un reportaje de The Washington Post Magazine. 'Poseía un sentido de la armonía sencillamente asombroso', ha reiterado Chris Biondo.

Songbird, recopilatorio de los tres discos de la malograda artista y apoteosis del éxito por el boca-a-boca, permite entrever un talento nada corriente y lamentar las colosales esperanzas que la enfermedad truncó de forma súbita. La llama de Eva Cassidy resplandece aún en el Reino Unido con un postrer lanzamiento, Time after time, para el que se han rescatado sus lecturas de Kathy's song (Paul Simon), Ain't no sunshine (Bill Withers), At last (Etta James), Woodstock (Joni Mitchell) o el tema de Cindy Lauper que le da título. También esta entrega verá en breve la luz en España.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de abril de 2002