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CANTO

Hermosa lejanía

La soprano alemana Dorothea Roeschmann es una cantante que se ha curtido mucho durante los últimos años en el repertorio operístico mozartiano. Es una buena escuela, desde luego, pero el mundo de Lied es otra historia. Roeschmann posee encanto, pero no arrebata, alcanza momentos de una extraña belleza sin evitar en otros cierta sensación de distancia. Su Haydn, cantado en inglés, fue elegante y su Robert Schumann amable. En las canciones de Franz Liszt, cantadas en francés puso algo más de garra e incluso pasión, y en las de Hugo Wolf, pasó de lo delicadamente excelso a la sosería.

La soprano Dorothea Roeschmann dice bien, canta con gusto, con muy buen gusto y, sin embargo, no conmueve. Es la suya una "hermosa lejanía", como el título de una de las canciones que interpretó de los Liederkrers, opus 39, de Schumann. Y, no obstante, hubo en el recital momentos extraordinarios: La canción de la sirena, de Haydn; El silencio y Melancolía, de Schumann; todo el Liszt francés, pero en particular Ay cuando duerma y, quizá, Es ella, de Wolf, con la que cerró el recital.

Tuvo de compañero de viaje a un pianista excepcional, el veterano Graham Johnson: una leyenda viva, un punto de referencia en la canción con acompañamiento de piano. La tarde transcurrió así, con placidez. Sin emociones fuertes, pero con una exquisita corrección. Fue una de esas veladas en que la música fluye con naturalidad y sin desmelenamiento, con pulcritud pero sin sal y pimienta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 23 de abril de 2002