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COLUMNA

¿Realismo mágico o hiperrealismo?

El viaje andaluz del Príncipe de Asturias termina como empezó, sin que se haya resuelto la cuestión planteada por Teófila Martínez, y reiterada por sus alzacolas: ¿es real la Andalucía que ha conocido?

Este cronista, por ejemplo, no tiene suficientes elementos de juicio o de conocimiento artístico (pese a los más de dos mil kilómetros que ha recorrido en dos semanas junto a la comitiva) para dirimir si, por ejemplo, la recepción ayer de la Isla de la Cartuja era hiperrealismo al modo de Antonio López o realismo mágico, como el de Aureliano Buendía. Lo que está claro, es que la realidad, en sentido estricto, es resbaladiza y no se puede aprehender y si alguien la atrapara cambiaría constantemente de aspecto.

Hiperrealismo sí era, por ejemplo, la distinción social que envolvió la despedida a don Felipe, las carrocerías brillantes de los coches de los invitados, el aroma a primavera o la distintición con que los asistentes se saludaban entre sí. En cambio, el ritual del pasamanos cabeceaba de un realismo exagerado a otro mágico, según quién y cómo.

Este cronista pasó un rato divertido observando con qué espíritu afrontaban los invitados el saludo al Príncipe. Unos, los menos, daban la mano con cansancio o remordimiento; otros ensayaban una reverencia tan afectada que no dejaban duda de su actitud de vasallaje; el de atrás lo hacía despacioso y mirando cara a cara, mientras que el que venía después daba la mano cabizbajo, como abrumado.

Había, en fin, quien cogía la mano del Príncipe como si quisiera llevársela a su casa y ponerla en el aparador, y si no consiguió su propósito fue porque el propietario de la mano dio un tirón recio y se desembarazó de la amable tenaza. Teófila Martínez, la que planteó el recelo que ha marcado el viaje andaluz del Príncipe, se acercó a él con un trotecillo grácil, como el que emprenden los saltadores de pértiga antes de la carrera definitiva hacia el obstáculo. Pasaron sacerdotes, aristócratas, periodistas, toreros y gente hermosa, cada uno con su paso acompasado o descompuesto.

En otro orden de cosas, ampliando el análisis al resto del viaje, realismo mágico ha sido la ausencia de inmigrantes en Níjar, e hiperrealismo los constantes encuentros mantenidos con los representantes de los diferentes sectores productivos: agroalimentario, turístico, nuevas tecnologías o fabricantes de muebles. Quizá ha faltado una pizca de audacia para darle a la visita un punto equidistante entre el hiperrealismo y el realimo mágico que hubiera conciliado todas las perspectivas sin esquilmar las menos edificantes.

Con esta duda termina este cronista su viaje por Andalucía junto al Príncipe. Con esta y con otra añadida, pues cuando preparaba su regreso a su tierra de Granada ha sabido que el Príncipe le seguía a Sierra Nevada y por un momento angustioso ha pasado de perseguidor de príncipes a perseguido.¡Uf!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de abril de 2002