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COLUMNA

El capital

Primero fue la gran quiebra fraudulenta de Enron. Pero enseguida, como parecía probable, ha sobrevenido una sucesión de noticias sobre la delincuencia de grandes empresas: connivencias de Arthur Andersen con sus clientes favoritos, cuentas ocultas en el BBVA, trucos contables en Xerox para engañar a los accionistas, informaciones falsas de analistas, como Merrill Lynch, para estafar a los modestos inversores.

A la época de las tiranías políticas sucede la política criminal de las empresas. El capitalismo de la última generación ya no se conformó con la plusvalía del obrero y ha llevado la extracción de réditos hasta el bolsillo del ahorrador, como los rateros. Por un periodo, sus marcas han pretendido convertirse en la realidad material e inmaterial y la más reciente aspiración de las multinacionales se ha centrado no sólo en el valor del dinero sino en la gestión misma del valor. Frente a la decadencia de la política o la religión, la moral estaba en las empresas y sus nombres buscaron ser asociados al bien de la Humanidad. Body Shop es la mejor naturaleza, Renault es la creatividad, Benetton es la condena de la pena de muerte, Adidas es la autenticidad de la tradición. Cualquier elemento espiritual apreciable tratan de comercializarlo las marcas, y la actual campaña de Diesel anuncia que la empresa patrocina (sponsored by) la felicidad, la inocencia o el amor. Cualquiera de las virtudes abandonadas por la postmodernidad las ha rescatado el marketing para embellecer el look corporativo.

Ahora, sin embargo, estalla la corrupción. Empiezan a delatarse los trasfondos del look que las superempresas, más potentes que docenas de Estados, han ocultado al mundo. Ser accionista constituía la nueva forma de integrarse en la prometedora democratización material: unos cuatro millones de hogares españoles poseen acciones, un 60% de los norteamericanos colocaron sus fondos en la bolsa. El descalabro de Enron fue la continuación del derrumbe de las Torres Gemelas, pero entonces ambos hundimientos parecieron un suceso. Ahora se trata de una máxima significación. El capitalismo sin alternativa aparece intoxicado de sí mismo, insufrible como los cuerpos cerrados que sugieren la pestilente elocuencia de la descomposición.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de abril de 2002