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OPINIÓN

La patria

Pasé el día de Andalucía entre aeropuertos y estudios de radio, fuera de la comunidad, y no tuve tiempo de reflexionar sobre el significado de la más señalada de nuestras celebraciones. Siempre identifico la fiesta con el puente de asueto que puedo aprovechar sumándole el fin de semana, a la vez que me llegan los recuerdos de recitales poéticos, guitarras y grandes mapas en blanco y verde que enarbolaban niños con cansancio a través del escenario del salón de actos de nuestra escuela. Mi experiencia de la nación andaluza nunca ha franqueado esos magros símbolos para penetrar en estancias más profundas del corazón: las flautas desafinadas que coreaban el himno, el sainete de los Álvarez Quintero que servía a alguno de mis compañeros como comienzo de una tímida carrera sobre las tablas, las loas a Antonio Machado, García Lorca y cualquier otro cadáver que tuviera la desgracia de caer bajo nuestras endebles voces infantiles. Por eso se entenderá que cuando el pasado día 28 una señorita telefónica me invitó a un programa debate en que se discutiría el sentido de la identidad andaluza yo aceptase con un poco de desorientación, sin enterarme demasiado bien de qué tenía que hablar, qué había que atacar o de qué debía defenderme: pronunciaba todas las sílabas de la palabra Andalucía y volvían el colegio, la exhibición solemne de aquel rostro con gafas de color café que se identificaba con el padre de la patria, Blas Infante, el himno aullado a través de la caña de las flautas, una avalancha de imágenes sin contenido, como signos que no decían nada, como voces en otro idioma que no lograba descifrar y que reclamaban un destino. Me habían invitado a un debate pero yo no sabía qué tenía que discutir.

Ignoro cómo la gente puede consagrar festividades a esas cosas tan antipáticas, las patrias. Yo había pasado el día de Andalucía en Bilbao, donde los defensores de la patria habían hecho reventar un carrito de la compra cargado de metralla al paso de una concejala, y me acordaba del rictus de estreñimiento del señor Aznar, que la misma mañana u otra había reprendido a su abuelo Fraga por atentar contra la integridad de la patria española, en defensa de una entelequia alevosa que el pobre anciano llamaba patria gallega. Mientras regresaba en el avión, trataba de recomponer con los ojos cerrados los rostros de todos los padres de patrias que conocía, y no sacaba de la chistera de mi cansancio más que bloques de mármol y cejas malhumoradas: Castelao, los Reyes Católicos y Simón Bolívar habían creado naciones simplemente a base de ensuciar mapas con lápices, de decir hasta aquí hemos llegado, de coser banderas sumando los cuatro o cinco retales encontrados en el almacén de un trapero, de cerrar puertas y proclamar la conveniencia de una normalización lingüística. Andalucía para los pueblos y la humanidad, decía el estribillo que cantábamos en el colegio hasta que se nos dormía la lengua, sin saber lo que repetíamos: y era simplemente eso, que en la palabra patria hay mucho más y mucho menos que un pedazo de papel marcado con color rojo sobre la página de un atlas. Hay aire, nubes, clorofila, hay lenguas que oír y senderos que recorrer, y eso no lo puede dividir ningún tiralíneas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de marzo de 2002