Crónica:XIX JUEGOS OLÍMPICOS DE INVIERNO | Salt Lake City 2001Crónica
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Huracán Muehlegg

El español gana su tercera medalla de oro en los 50 kilómetros tras una épica remontada

Ejército Muehlegg. Johann Muehlegg fue en la pista de Soldier Hollow mucho más que un soldado. Fue un ejército entero. Volvió a llenar el valle con su calidad y, en la que era su última oportunidad, con su épica. Porque su tercera medalla de oro en los 50 kilómetros, la que coloca su hazaña a niveles inimaginables, fue peleada hasta el final con la bravura y la fuerza de un campeón. Al revés que en sus dos títulos anteriores, donde pareció pasearse con su enorme superioridad, ayer tuvo que remontar con su asombrosa fuerza y resistencia. El ruso Ivanov, un gran especialista del estilo clásico (con los esquíes en paralelo), que no le va tan bien a Muehlegg, estuvo en cabeza hasta pasados los 40 kilómetros. Pero el español le superó al final. Fue el único que se le resistió tras ir dejando tirados a los noruegos y al estonio Veerpalu, que también mejoró al final hasta ser bronce.

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Muehlegg salió el antepenúltimo de los 16 esquiadores del grupo rojo, es decir, los de élite. Con el número 37, porque los 23 primeros fueron los de segundo nivel, encabezados por el cántabro Juan Jesús Gutiérrez (acabó 21º, a 9m8,5s; el otro español, Haritz Zunzunegui, se retiró a mitad de carrera). Ni el italiano Maj (dorsal 38) ni el sueco Frederiksson (39) le vieron ya hasta la meta. Él fue quien empezó a recortar tiempos a los supuestos rivales que le precedieron en intervalos de medio minuto. Juanito reconoce que no es un sprinter, que su motor es turbodiesel. Pero moderno y de gran potencia. Ya sólo verle su fuerza en la salida, impresionó. La diferencia de ataque con los bastones y la frecuencia de zancada marcó ya distancias entre sus rivales. Salió con gafas, pero se las quitó antes de los 10 kilómetros. No le hacían falta al no nevar y porque tampoco iba a tener demasiados problemas de frío, a sólo cero grados. En Lahti, el año pasado, a 16 bajo cero, sí tuvo uno serio con la congelación de un ojo.

Juanito no es rápido en circuitos fáciles, pero en el durísimo de Soldier Hollow, a más de 1.700 metros y con cuestas durísimas, su turbodiesel va perfecto. Por eso a los 2 kilómetros ya iba segundo, a 1,1s del mejor noruego, Erling Jevne, que había salido justamente antes que él. Y al paso de los 7,1 seguía segundo, pero ahora a 5,4s de Ivanov, la relativa sorpresa, que había salido 10 puestos (cinco minutos) antes, también en el grupo de élite. Jevne cedía entonces 14 segundos a Muehlegg, que le cazó antes de los 13,1 kilómetros y le superó. A él y realmente a todos los noruegos, desperdigados.

Sólo surgía como peligro cierto el ruso de turno que tenía su día de gracia. En Lahti fue Sergei Krianin, que acabó llevándose un sorprendente bronce, su mejor resultado de siempre. Ayer, Ivanov, que no era un desconocido, pues precisamente el año pasado en Lahti fue bronce en los 30 kilómetros, 20 menos que ayer. En esa diferencia de distancia estaba precisamente la esperanza de que el español, un maratoniano nato, aún pudiera remontar.

Pero acostumbrados al dominio de Juanito los dos primeros días, se vio que el tercer oro peligraba. Ivanov, tras sacar un margen de 14,6 segundos al español a los 13,1 kilómetros, aumentó la ventaja a 21s en los 18,7. Por detrás, sí se confirmaba el temor de Muehlegg con el austriaco Mijail Botvinov, al que sólo sacaba tres segundos. El podio, sólo con un tercio de carrera, parecía decidido, porque los tres llevaban casi un minuto al resto. Un español de origen alemán, entre dos rusos, porque Botvinov también cambió de nacionalidad. Pero aún quedaba tela por cortar.

A mitad de carrera, kilómetro 25,4, la diferencia de Ivanov siguió subiendo a 31,3s. El ruso, menos corpulento que Muehlegg, 1,82 metros y 70 kilos, frente a los 1,85 y 80 del español, sacó a relucir su dedicación casi exclusiva al estilo clásico, y con una técnica más depurada compensó la potencia del español. Al segundo paso por meta, a los 33,4 kilómetros, Ivanov encaraba la última vuelta al circuito con 38,7s. Aún quedaba la esperanza, porque Muehlegg había perdido menos segundos que en la referencia anterior. Su táctica de seguir al mismo ritmo debía cambiar para el sprint final. Y así fue.

A los 40,5 el recorte fue espectacular. Ivanov sólo tenía 16,4s de ventaja. La máquina Juanito arrolló cada vez más y a los 46,5 pasó por primera vez ya con 3,3s de ventaja. Quedaba la última parte e Ivanov estaba fundido. Efectivamente, la distancia le pasaba factura. Muehlegg venía como un obús desde atrás y pronto se vio que el oro era suyo cuando Veerpalu (dorsal 30), que salió tres puestos por detrás de Ivanov, terminó a sólo 23,7s. Sólo un desfallecimiento del español, que sacaba más de un minuto al estonio, le podía quitar el triunfo. Pero Muehlegg no ha desfallecido nunca con la gasolina olímpica. Incluso aumentó a 14,9s su margen para la triple gloria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 23 de febrero de 2002.

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