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COLUMNA

Aicha

En octubre pasado publiqué una columna especialmente dolorosa, tanto por el tema como porque revelaba aspectos oscuros de los saharauis, un pueblo estoico y bárbaramente maltratado por la historia cuya causa sigo defendiendo con total convencimiento. Pero eso no quita, claro está, para que también entre ellos puedan darse las injusticias e incluso los horrores.

En aquel artículo contaba el caso de Aicha Embarek, que en 1994, con doce años, vino a veranear a España, al igual que otros niños de los campamentos. Ella se alojó con Julia Taladrid y Javier Barrios, un matrimonio leonés que había montado la Asociación de Ayuda al Pueblo Saharaui de El Bierzo. Iba a estar sólo un mes, pero la niña mostró deseos de estudiar, de manera que pidieron permiso a sus padres y se quedó a vivir aquí. El pasado septiembre, Aicha, ya matriculada para su primer curso universitario (quiere hacer ingeniería alimentaria), visitó a su familia en Tinduf. Y no la permitieron regresar. Ha cumplido veinte años y es mayor de edad, pero en los campamentos saharauis las mujeres no cuentan, pasan del control del padre al del marido. Tengo una carta manuscrita de Aicha en mis manos: dice que se siente secuestrada, 'prisionera de mi propia familia'. Y termina, entre desesperadas tachaduras, con un desgarrador 'si no consigo marchar de aquí, me volveré loca'.

Hace unos días, Javier y Julia llamaron para decir que habían conseguido sacar a Aicha de Tinduf. Escapó de los campamentos y, ayudada por un tipo, atravesó épicamente 900 kilómetros de desierto (tardó tres días) hasta llegar a Zuerat, en Mauritania. 'Allí está en casa de una familia, mañana volará a Nuakchot y luego a España'. Pero al día siguiente telefonearon otra vez: esa madrugada se había presentado el padre y se la había llevado. De nuevo el desierto y las largas jornadas de agonía, pero ahora de regreso a la jaula. 'Lo que más me horroriza', decía Julia entre angustiadas lágrimas, 'es lo que le puede estar pasando ahora'. Yo también he pensado en ella con congoja estos días, y me la imaginaba cruzando una vastedad vacía y calcinada, tan inerme en manos de su padre, su enemigo. Y no es ella sola: hay otras chicas saharauis en la misma situación. Es insoportable e inadmisible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de febrero de 2002