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Reportaje:

Aprendices de pinchadiscos

La Asociación Madrileña de Disc Jockeys enseña en Fuenlabrada a los jóvenes a mezclar música como salida profesional

Una docena de jóvenes de Fuenlabrada afronta el comienzo de la semana con menos fastidio de lo habitual, ya que, desde hace unos pocos días, los lunes tienen un nuevo incentivo. Durante un par de meses, la tarde del lunes equivaldrá a música, y ese aliciente les hará más llevadero el largo tramo laborable de la semana. Un curso de pinchadiscos o disc jockeys (dj) es el responsable de esta mejoría. Está organizado por la junta del distrito de Loranca, pero lo imparte la Asociación Madrileña de Disc Jockeys.

Israel Macías, uno de los tres socios fundadores de este colectivo, tiene 25 años y lleva pinchando discos desde los 19, 'todos los fines de semana'. Cambiando de garito cada poco tiempo ('no me gusta quedarme quieto', dice), Macías ha logrado transformar una afición carísima en un poderoso complemento laboral.

'Voy a transmitir a los alumnos que poner la música en una sala es mágico', dice el monitor

Esta faceta seria del pinchadiscos quizás convenza incluso a esa tropa de padres que no termina de asimilar que los hijos se pasen horas dándole a la aguja, poniendo música machacona, haciendo filigranas con el sonido y, lo que es peor, gastándose el dinero que no tienen en discos y equipos musicales.

Dice Macías que un material competitivo puede llegar a costar entre 4.200 y 4.800 euros (de 700.000 a 800.000 pesetas), y eso no hay paga paterna que lo resista. 'Conozco a un chaval de 15 años que tiene verdadera vocación por esto y que a lo mejor se pasa tres cumpleaños, tres años de reyes magos y otros tantos papás noel juntando dinero para comprarse un plato', comenta. La afición de los alumnos del curso de pinchadiscos en Loranca parece más serena. Es posible que se deba a la edad de los participantes: las clases de dj van dirigidas a gente de 14 años en adelante, pero, por lo visto, los veinteañeros han sido más rápidos en apuntarse.

Francisco, de 27 años, empezó a coquetear con la mesa de mezclas y los platos musicales trabajando en un karaoke. Un día le animaron a poner música, la experiencia le gustó y ahora trabaja en el Casino de Madrid marcando el ritmo de la sobremesa de bodas y banquetes empresariales. Entre que ha aprendido a su aire y que sólo lidia con música pachanguera, Francisco confiesa que no sabe mezclar. 'Me gusta el house y el funki y vengo a aprender, a que me enseñen un poco de técnica', manifiesta.

Los otros aprendices de dj son casi todos chicos, como ocurre a nivel profesional. 'Entre los 500 disc jockeys que conozco no creo que haya más de 10 chicas', apunta Israel Macías. La sequía femenina, no obstante, empieza a remitir, sobre todo porque los empresarios de los garitos se empeñan ahora en tener mujeres pinchando en la cabina.

A Carolina, otra alumna del curso de Loranca, le han hecho ya varias ofertas en salas donde trabaja de camarera. De momento, ha tenido que decir que no, primero porque no domina la técnica y, además, porque el estilo musical al que le condenaban no era de su agrado.

Carolina tiene 20 años y hace cinco que descubrió el magnetismo de la galaxia dj. 'Me junté con un chaval que pinchaba y que tenía equipo. De hecho, yo me compré uno también, pero la verdad es que tengo poco tiempo para practicar', confiesa. Carolina, que compatibiliza su labor de ama de casa con la de poner copas, se ha apuntado al curso de la junta de Loranca porque 'es barato' y quiere aprender 'de una vez'.

Por 18,03 euros al mes (3.000 pesetas), Israel Macías y sus compañeros de faena en la Asociación Madrileña de Disc Jockeys prometen iniciar a los alumnos de este curso en el mundillo de los reproductores, amplificadores, platos, cápsulas (agujas), y las técnicas profesionales de mezcla, durante dos horas cada lunes.

El hechizo es casi seguro: 'Voy a transmitirles que poner la música en una sala es mágico, que te da la sensación de que puedes manejar a la gente, que puedes hacer que se levante del asiento, que pare un minuto y que vuelva a bailar a tope', afirma el monitor del curso. Como iniciación, anima incluso a los más escépticos a que asistan a una sesión en el Círculo de Bellas Artes o en la sala Macumba. 'Yo he ido a algunas y es inolvidable, es tan intenso como pasar una tarde en el Museo del Prado o en el Jardín Botánico; yo animo a la gente a se siente, observe al dj y disfrute del concierto como si estuviera escuchando un recital', insiste. Los matices sobre la música progresiva, el house, el techno y otras modalidades pueden esperar.

Artes alternativas con lista de espera

El curso de pinchadiscos en Fuenlabrada no es más que la punta de una campaña municipal de fomento de las artes alternativas, según el coordinador de Infancia y Juventud de la Junta del distrito de Loranca, Juan Yagüe. 'La idea es dar una cobertura a la cultura juvenil, montar cursos según los nuevos gustos', justifica. Y no van mal encaminados si todas las actividades tienen la misma acogida que las clases de pinchadiscos. 'Hay una lista de espera de más de 40 personas para acudir al curso, porque se trata de que los grupos sean reducidos para que todo el mundo pueda practicar; pero esperamos poder montar más grupos dentro de poco', explica Yagüe. La duración de cada tanda (dos meses) va a permitirles pulir hipotéticos fallos y adaptarse a la demanda. Ese gusto por lo alternativo es visible también en talleres como el de teatro. 'Hemos querido cambiar de estilo y las clases van más enfocadas a la performance, en vez de al teatro tradicional', razona el coordinador. El baile camina por parecidos senderos: en vez del clásico o el popular, van a montar una escuela de break dance, esa danza callejera cuya base son las piruetas en el suelo. Y aún hay más: ni siquiera los jóvenes músicos tienen por qué estar limitados a tocar la guitarra, el piano y otros instrumentos más comunes. 'Aquí vamos a impartir percusión', anuncia Yagüe. Este joven de larga coleta y botas de motorista acudió a la presentación del curso de pinchadiscos y aprovechó el momento para pedirles a los jóvenes el número del teléfono móvil y la dirección del correo electrónico. 'Estamos pensando en montar una especie de chat (tertulia en Internet) y en hacer que la información fluya con más facilidad por entre la gente del barrio', confiesa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de febrero de 2002

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