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Los bajos fondos de Aurrerá

En Argüelles se celebra cada fin de semana el 'botellón' más violento de Madrid

Ricardo, a la una de la mañana del sábado, envalentonado por el alcohol, subió a uno de los tres pasadizos que cruzan los bajos de Aurrerá, en Argüelles, y lanzó una botella de cristal contra el portero de un bar de copas.

¿La razón? Que no dejaba entrar a sus amigos. Falló. Ricardo salió corriendo, aunque no pudo evitar que le alcanzaran dos, tres, cuatro, seis porteros antes de llegar a la salida de Andrés Mellado. Le patearon. Ricardo, corvado en el suelo, se tapó la cara. Le siguieron pateando. En la cabeza, en la espalda, en el abdomen. Cuando dejaron de golpearle, volvieron a sus puertas. Eran tipos grandes, dos de ellos rapados.

Desde la puerta del bar de copas, los porteros pudieron ver cómo Ricardo no se movía y cómo varios jóvenes se congregaban a su alrededor.

'Heavys', 'punkis', 'bakaladeros', 'red skins' y 'skins' confluyen cada noche en dos patios

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Una estudiante de enfermería ayudó a Ricardo que, poco a poco, se fue incorporando. Al principio, babeando, incapaz de decir palabra. A los pocos minutos, ya de pie, rompió a gritar: 'Me da igual. ¿Tú sabes lo que es que te abran la cabeza? Pues yo sí, y me da igual. Me duele aquí y aquí (se tocó la cabeza, la nariz, la espalda...), pero no me importa'.

Así comenzó el pasado viernes la noche de los bajos de Aurrerá, donde 20 chupitos de alcohol valen sólo 999 pesetas.

Tras la paliza a Ricardo nadie avisó a la policía. Los porteros de los bares volvieron a sus puertas, donde comentaron lo ocurrido tranquilamente, a la vista de todos. 'Aunque sea un bakala [aficionado a la música bakalao], no se merece eso', comentó un joven con un gran vaso de whisky en la mano. 'Esto es peor que lo del Dos de Mayo [plaza céntrica donde se congregan cientos de jóvenes para beber alcohol en la calle], y nunca aparece la policía', añadió otro. Esa impresión la comparten jóvenes y vecinos.

Mientras, el local de la Unidad de Seguridad de la Policía Municipal, situado en uno de los patios, permanecía cerrado. La unidad cerró en noviembre por una reestructuración policial. Hasta entonces, dos policías hacían guardia allí. Pero ahora sólo hay visitas esporádicas para ver 'el estado del local', aseguró ayer un portavoz de la Policía Municipal.

La policía no quiere que los jóvenes destrocen el local clausurado, algo que no pueden evitar los comerciantes de la zona. El sábado, una tienda de informática amaneció con una luna resquebrajada, y un coche aparcado al lado, con una papelera empotrada en una ventanilla. La Policía Municipal está preocupada y prepara acciones para evitar incidentes; incluso estudian reabrir la unidad policial cerrada.

'Cada fin de semana es un infierno', comenta Ángel Blasco, que reside en uno de los edificios donde se ubican los bajos. Una construcción laberíntica en la que, aparte de los casi 70 bares de copas de la zona, hay una inmobiliaria, una peluquería, una agencia de viajes, una lavandería y una parroquia, la de San Ricardo.

Ángel, de 44 años, recuerda que él salía de copas hace 20 años por los bajos, pero que era distinto: 'Te tomabas una copa en un bar, pero no en la calle'. Ángel vive en la tercera planta, y abrir la ventana el viernes a las diez de la noche convierte el apacible salón en la entrada de un concierto de música tecno.

Tecno porque es lo que en ese momento se cuela. Hay heavys escuchando música de hace 20 años, punkis cantando contra el capitalismo, bakaladeros del extrarradio con camisetas de licra, red skins (los de izquierdas) y skins a secas (los de derechas). Todos confluyen en dos patios, de unos 800 metros cuadrados cada uno, en los pasillos que hay encima y en un pasadizo mugriento, lleno de vómitos y de orines.

Algunos han venido desde Malasaña, la zona que el Ayuntamiento ha limpiado con tanto celo. 'Yo llevo desde siempre saliendo por aquí y por Malasaña. Ahora sólo me queda esto', reconoce un joven punki de 17 años. Ha entrado en el bar pese a que en la puerta un portero pide el carnet de identidad.

Que venga la gente de Malasaña es lo que temen los vecinos. 'Nosotros vinimos aquí hace cinco años, porque nos aseguraron que iba a cambiar, que se iba a poner policía', comenta Carmen Simo, la mujer de Ángel. 'Pero esto sigue igual', dice.

No son sólo los bajos. En las calles adyacentes hay el botellón. A partir de las ocho de la tarde, hay jóvenes de 15 y 16 años tomando botellón. A las nueve y media, el Samur ya tiene que acudir. Un hombre se ha caído en un bar y no se mueve. Al reanimarlo, unas adolescentes ebrias se acercan a la ambulancia. 'Mi amiga se ha caído y se ha abierto la cabeza', comenta llorando. Su antebrazo está tapado por una muñequera de pinchos. 'Esto no es nada, lo gordo empieza luego, aquí los cuchillos y los palos salen muy rápido', comenta uno de los tres miembros del Samur. Mientras, en la ambulancia, la joven recibe puntos de sutura en la cabeza.

Faltaban tres horas para que Ricardo lanzara su botella y se ganara una propina en forma de bota militar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de febrero de 2002