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Reportaje:

La colección del monje viajero

El Museo de Montserrat potencia su sección arqueológica, formada por el aventurero padre Ubach

Cerca de tres millones de personas visitan la abadía de Montserrat cada año, pero sólo el 6% de ese público se acerca al museo del lugar, que posee, entre otras cosas (pintura, escultura, orfebrería), una valiosa colección arqueológica -incluidas piezas faraónicas de primer orden- y de ciencias naturales.

Es cierto que para algunos visitantes debe de resultar perturbadora la idea de compaginar la veneración de la Mare de Déu de Montserrat con la contemplación de una momia egipcia o un pez del mar Rojo disecado, pero en general el desconocimiento parece ser la causa de la aparente falta de interés por los tesoros antiguos del santuario, esos objetos procedentes de tumbas tebanas, de desiertos sirios o de las ruinas de la mismísima pecadora Babilonia que fueron a parar a la montaña santa catalana como resultado de la increíble peripecia vital del aventurero monje montserratino Bonaventura Ubach. Para paliar la relativa escasez de visitas, el museo ha decidido potenciar su sección arqueológica y sacar a la luz fondos inéditos.

Entre el numeroso material que no es visible ahora figuran, por ejemplo, dos centenares de terracotas alejandrinas que permanecen en los almacenes y que está previsto exponer.

Recuperar y restaurar piezas, organizar cursos o incluso un congreso, dar a conocer el museo en los centros educativos catalanes y acoger exposiciones de otros museos figuran entre los planes de reactivación de la sección de arqueología, cuya capacidad para captar el interés del público, en los actuales tiempos de moda egiptológica, es, sin duda, grande.

El proyecto de divulgar y revalorizar la colección arqueológica, compuesta por unas 3.000 piezas, se fundamenta en buena parte, como lo fue la creación de la propia colección, en el empeño voluntarista de un individuo. En este caso no es un monje como el venerable Ubach, sino un conocido egiptólogo, Salvador Costa, que desde el pasado octubre ocupa la plaza de conservador en el museo montserratino, en un claro indicio de la profesionalización del centro.

'La idea de base de la colección que reunió el padre Ubach era la ilustración de la Biblia desde el punto de vista material, algo que hoy está obsoleto', explica Costa. Por ejemplo, el monje visitó en 1910, en Tell Basta, los restos de la ciudad faraónica de Bubastis, célebre por su culto a la diosa gata Bastet, y se trajo a Montserrat varias momias de felino, pero el lugar le interesaba especialmente por su supuesta relación con la historia bíblica de José (en Bubastis habría tenido lugar el asunto con la mujer de Putifar, ella sí toda una gata egipcia). 'La idea de origen de la colección está superada, pero el material es muy interesante y hay que darlo a conocer. No puede ser que tengamos una colección tan buena desde hace tantos años sin que la gente lo sepa'.

El Museo Bíblico de Montserrat, nombre bajo el que se presentaba la colección de Ubach, se inauguró el 27 de abril de 1911 -el día de la virgen-, con algunas de las 'mil andròmines' recolectadas por el monje en Oriente Próximo, e inicialmente incluía, entre otras cosas, una maqueta del Santo Sepulcro, ejemplares de 'flora bíblica', tablillas cuneiformes, y una hiena.

El museo no dejó de enriquecerse. 'Este hombre asombroso lo traía todo', reflexiona el conservador; 'flores, tejidos, instrumentos musicales, pechinas, incluso tenemos dos Toras judías'.

Con el tiempo, la colección bíblica se fusionó con la pinacoteca para dar lugar al actual Museo de Montserrat. 'La parte de arqueología del oriente bíblico se divide en secciones: Egipto, Mesopotamia, Palestina, Chipre y mundo clásico', señala Costa, 'de las cuales la de Egipto es la más importante, aunque también contamos con un muy destacable conjunto de 1.000 tablillas con inscripciones cuneiformes mesopotámicas'.

La parte egipcia es muy equilibrada, sobre todo desde el punto de vista funerario. 'Esta es una colección que tiene de todo, sarcófago, vasos canopos, maqueta de barco solar, momia. Y sólo una pieza falsa. Piense que hay museos bien conocidos en los que el 40% de los objetos egipcios son falsos'.

Además de las piezas arqueológicas, entre las que se incluye una colección de los misteriosos conos funerarios egipcios, 'tenemos flora y fauna muy interesante, centenares de especímenes, algunos incluso únicos -un extraño pez del Tigris, serpientes, insectos- que estamos restaurando con la colaboración del Museo de Zoología, y que podrían dar lugar a una muy atractiva exposición'.

Un benedictino a lomos de camello

'A través d'una regió de bandolers', 'Escapats de les urpes del scheik Hassan', 'Dolç record d'uns camellers'. No, no son capítulos de una novela de Julio Verne ni de las memorias de Lawrence de Arabia, sino secciones del libro de dom Bonaventura Ubach, monje de Montserrat, El Sinaí, viatge per l'Aràbia Pètria cercant les petjades d'Israel (1913). Obra asombrosa, como asombrosos son los periplos y las aventuras de este inquieto personaje, iluminado por la fe y por la pasión del viaje, de la exploración y del coleccionismo. 'He vist el Sinaí!', se extasía nuestro monje, pero el tránsito emocional no es mucho menor al cabalgar un buen camello o al recorrer los subterráneos del Museo de El Cairo eligiendo piezas faraónicas que luego serían libradas a Montserrat. Curioso y polifacético hombre capaz de sumergirse en la traducción catalana de la Biblia, de no perderse un oficio de maitines en la abadía, y a la vez de escribir en su diario, camino del golfo de Aqaba: 'Una colla de xacals que tota la nit udolen per aquí prop ens obliguen a vetllar de tant en tant i a estar alerta amb les nostres armes al costat'. El benedictino Ubach se enfrenta a las espingardas y dagas de bandidos beduinos en las cercanías de Petra, es arrastrado por un dromedario desbocado con un pie enganchado en el estribo, rastrea la bíblica Sodoma. Dom Bonaventura Ubach i Medir (Barcelona 1879-Montserrat, 1955) nació en el seno de una familia tan piadosa que los cinco hermanos varones se hicieron todos religiosos. Muy jovencito, ingresó en la comunidad monástica de Montserrat. En 1906 le sale la primera oportunidad de viajar a Palestina, para aprender árabe y perfeccionar el hebreo y el siriaco, a fin de profundizar en el estudio del Antiguo Testamento. Se instala en Jerusalén y desde ahí, en una serie de viajes sorprendentes por su audacia, realiza expediciones a cualquier parte que le parezca relacionada con las Escrituras. Conoce al rey Feisal, a Wooley, el excavador de Ur. Mientras trata de localizar sobre el terreno las huellas de la Biblia, el monje va enamorándose del desierto, de los horizontes amplios y de la luz. Recorre los uadis a lomos de camello, sobre el que ha instalado toda una oficina portátil. Su afán documentalista le lleva a recoger todo lo que encuentra, en un imposible catálogo material de las viejas tierras del orbis biblicus, incluso trata de obtener maná. Todo le interesa: del insecto a la pirámide. Y se lleva lo que puede.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de febrero de 2002

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