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COLUMNA

El estilo

En la primavera de 1997 hice un viaje con Ricardo Muñoz Suay por el norte de Portugal. Una noche llegamos a Coimbra. Deambulamos por la Baixa de aquella ciudad, contemplamos melancólicamente el piso donde tuvo su consulta durante más de 50 años el médico y escritor Miguel Torga, cenamos en la calle de Sofía y regresamos al hotel. A la mañana siguiente nos reunimos en la recepción, que estaba muy poco concurrida en aquel domingo cualquiera de abril. Un hombre distinguido y solitario pasó por allí. Saludó al recepcionista, firmó en un grueso libro de pastas doradas y luego nos dio la mano a Ricardo y a mí. Aquel hombre era el presidente de la República de Portugal, Jorge Sampaio, y estaba alojado en el mismo hotel semivacío donde nosotros habíamos pernoctado a cambio de sendos bonos de 7.000 pesetas. Cuando abandonó el vestíbulo el doctor Sampaio, a quien acompañaban dos discretos guardaespaldas, Ricardo y yo comentamos lo mucho que nos gustaría vivir en una república donde su presidente fuera un señor tal que Sampaio, que había venido a pasar un fin de semana a Coimbra como un ciudadano más de la capital, pongamos un gestor administrativo con aficiones literarias. En estos últimos días los 120.000 militantes del Partido Socialista Portugués han elegido como nuevo líder al ex ministro Ferro Rodrigues. Poco sabemos de él en España, cierto, pero ya conocemos un dato muy elocuente: habita con su familia un semisótano de Lisboa de apenas ochenta metros cuadrados, y esa vivienda es todo su patrimonio. El dato, sin duda, resulta muy chocante al otro lado de la península, donde tantos políticos provinciales, y no digamos hacia arriba, andan enlucidos de fotógrafos y chambelanes, mansiones y reptiles hasta la risión y el peronismo. Y conste que no estoy pidiendo que nuestros próceres descuiden su seguridad personal, en absoluto; se trata, sencillamente, de vivir lo más parecido posible a la gente de la calle, a los que votan y contribuyen, a los que pagan la hipoteca y a los que padecen, cada día más, una inseguridad ciudadana que está convirtiendo a las urbes españolas en aventajadas discípulas del Chicago de Al Capone.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 23 de enero de 2002