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VISTO / OÍDO

Así se escribe la historia

Hay algunos días especiales, como el de ayer, en los que los periódicos escandalizan más que de costumbre; sobre todo, pensando en que en días futuros servirán como fuente de historiadores, que nos describirán por ellos. Los hay muy especializados, los hemerógrafos, que se basan en estas fuentes. No digo que otras, los documentos oficiales, resulten más certeras: ni los diarios, ni los viejos archivos. He conocido algún hemerógrafo, que sigue trabajando hoy aunque no sé si de esa manera, que cuando descubría algo en una hemeroteca cortaba la página del periódico coleccionado; no por la codicia del coleccionista, sino para evitar que la vieran los colegas que llegasen después. Algo sabía Voltaire cuando escribió su frase ya universal 'Así se escribe la historia' ('Et voilà comme on écrit l'Histoire; puis, fiez-vous a messieurs les savants').

Cuando digo los periódicos, digo también la radio y la televisión, y algo de lo que llega por Internet. Todo es periodismo, todo es 'prensa', y hemos llegado a ella (no yo, que soy artesano, autodidacto, hereditario) mediante una sólida carrera universitaria que, luego, se ve como todas las carreras sometida a la prueba de la vida no virtual. Creo que los periódicos conservan la mejor parte, o la mayor cantidad de datos y de opiniones; no por mayores excelencias de sus trabajadores, sino porque se ven un poco más libres que los otros medios, que están sometidos a la brutalidad del tiempo y en los que las técnicas han ido tomando carácter de dominio. Y de la incuria, muchas veces. El dicho 'mientes más que la Gazeta' es del siglo XVII, y probablemente se refería a la de Venecia; pero en Madrid se aplicaba más bien a la Gaceta como publicación oficial, y el pueblo siempre ha sabido que mentir es gobernar. O viceversa.

El descubrimiento no es de nuestro tiempo, sino que me parece que el camino ha sido inverso: es ahora cuando hay más credulidad. No sé si se debe a que se ha reducido la resistencia, o a una especie de 'qué más da'. Yo encuentro en este periódico una ventaja sobre los demás y es que su pluralidad le permite ofrecer más posibilidades de dar al lector una aproximación; como también atribuyo a las extensiones de la posmodernidad -no confundir con el posmodernismo- la libertad nueva de poder no creer en nada o de dudar de todo.

Ya sé que este tiempo de pocas formas da una sensación blanda y maleable; a veces echo de menos las peleas ideológicas reales -no en torno a las personas o sus actitudes-, pero no dejo de reconocer que prefiero esta libertad indecisa y frecuentemente estropeada a la del tiempo de los dogmas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de enero de 2002