Reportaje:REPORTAJE

El rescate del faraón

Juventud, divino tesoro? No, señor: en una parte significativa de Europa, el futuro es de los viejos. Francia jubila a sus asalariados con 60 años, pero éstos permiten que les gobierne una auténtica gerontocracia. Jacques Chirac concurre a la reelección como presidente con 70 años, y no contento con eso logra que un compatriota de 75, el ex presidente Valéry Giscard d'Estaing (1974-1981), encabece la convención encargada de proponer las reformas de la Unión Europea. Giscard sale así del ostracismo sufrido desde su derrota electoral de 1981 a manos de François Mitterrand.

La operación tiene su origen en los problemas internos de la política francesa y en el temor de los países más fuertes a colocar a alguien verdaderamente creativo, como Jacques Delors. De modo que Giscard, que auguró 'un destino patético' al Tratado de Niza, queda ahora encargado de presidir la asamblea de notables llamada a imaginar el futuro de la UE.

La operación tiene su origen en los problemas internos de la política francesa y en el temor de los países más fuertes a colocar a alguien creativo como Delors

España es uno de los países en los que el nombre de Giscard y su misión han sido acogidos con mayor frialdad. Las nuevas generaciones no saben quién es, y los protagonistas de la transición a la democracia tampoco guardan buen recuerdo de él, al evocar la nula ayuda que prestó para resolver el problema de ETA. Leopoldo Calvo Sotelo es testigo del torpedeo de París a las negociaciones para la adhesión de España a la Comunidad Europea, y Felipe González lo corrobora, añadiendo que 'Mitterrand fue el primer presidente de Francia que entendió el problema bilateral' con España y retiró el veto francés a la adhesión de nuestro país a la Comunidad.

Un personaje, en definitiva, del que España esperaba un apoyo más sostenido a la democracia tras aquel primer gesto de estar presente en la coronación de Juan Carlos I, después de negarse a asistir al entierro de Franco. Pero España es sólo uno de los 15 socios de la Unión Europea. Por más que le toque ahora el turno de presidir la UE, el nombre de Giscard ha sido consensuado por Francia y Alemania. Y nadie se ha atrevido a vetarle, ni siquiera el presidente saliente del Consejo Europeo, el belga Guy Verhofstadt, cuyas convicciones federalistas encajan mal con el perfil de Giscard.

Este conjunto de circunstancias ha permitido el regreso del faraón. Su papel secundario en la política francesa le había llevado a intentar el salto a Europa por diversos caminos. Hace tres años se ofreció a montar un 'comité de sabios' encargado de proponer reformas institucionales para la UE, pero la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno celebrada en Colonia en 1999 no dio el paso. Antes había acariciado la idea de convertirse en el alto representante para la política exterior y de seguridad (PESC), un cargo finalmente atribuido a Javier Solana. Giscard d'Estaing también quedó muy decepcionado de no ser designado como primer presidente del Banco Central Europeo, un puesto para el que debería haberse nombrado 'una personalidad política', y no un ex gobernador de banco, según él mismo ha explicado.

No había dudas de que el presidente de la convención iba a ser francés: tanto es así que incluso existían dos candidatos, Delors y Giscard. La relación mantenida por ambos con el actual jefe del Estado, Jacques Chirac, y con el primer ministro, Lionel Jospin, explican el proceso que ha conducido a la designación.

Chirac fue primer ministro con Giscard d'Estaing, pero luego no le apoyó en las elecciones de 1981. Giscard no ha dejado de pasarle factura por esa 'traición', que le hizo perder la presidencia de la República por el 48,25% de los votos frente, al 51,75% de Mitterrand. En un libro reciente, Giscard afirma que Chirac pactó su derrota con Mitterrand: 'Observe bien la diferencia', dice Giscard que le confesó Mitterrand en su lecho de moribundo: 'Le faltaron a usted más o menos 300.000 votos', los sufragios de la primera vuelta que, por orden de Chirac, dejó de recibir Giscard en la segunda.

Puente de plata

La lanzada, puesta en boca del ex presidente muerto, da idea de lo molesto que resultaba a Chirac la presencia de Giscard en las elecciones de la primavera próxima. Pero el puente de plata al enemigo ha necesitado el visto bueno del primer ministro, el socialista Lionel Jospin, que se lo ha dado a costa de dejar en la cuneta a Delors. Este verdadero europeísta -diez años presidente de la Comisión Europea- se había declarado 'disponible' para presidir la futura asamblea, y aunque sus relaciones con Jospin siempre han sido descriptibles, éste no ha batallado por él. Para explicarlo se evocan desde el veto británico a Delors hasta la devolución de algunos favores políticos prestados a Jospin por un Giscard deseoso de debilitar a Chirac.

¡Qué compleja es la política! El caso es que Giscard tenía 48 años cuando fue elegido presidente de la República, y un septenato más tarde pasó por la humillación de no ser reelegido, una afrenta terrible para quien ejercía el cargo con maneras aristocráticas y todo el oropel reservado a los presidentes de la República. 'Perdidamente enamorado' de todas las francesas -según confesión propia-, mantuvo un buen nivel de popularidad durante sus años en El Eliseo, que se rompió al descubrirse que había vendido unos diamantes regalados por el emperador centroafricano Jean B. Bokassa.

'Nunca he mentido, yo no dije que no fuera cierto', ha explicado Giscard. 'Simplemente dije: Bokassa ha regalado esos diamantes como yo jarrones de Sèvres, porque esto forma parte de los intercambios de regalos entre jefes de Estado. No había ni mentira ni ilegalidad, porque el intercambio de regalos y condecoraciones era entonces una práctica corriente entre jefes de Estado, prevista por el protocolo'. Giscard no acepta que se tratara de diamantes: 'Eran unos brillantes valorados en 175.000 francos (4,4 millones de pesetas), que no era despreciable, pero, en fin, tampoco era un tesoro'.Juventud, divino tesoro? No, señor: en una parte significativa de Europa, el futuro es de los viejos. Francia jubila a sus asalariados con 60 años, pero éstos permiten que les gobierne una auténtica gerontocracia. Jacques Chirac concurre a la reelección como presidente con 70 años, y no contento con eso logra que un compatriota de 75, el ex presidente Valéry Giscard d'Estaing (1974-1981), encabece la convención encargada de proponer las reformas de la Unión Europea. Giscard sale así del ostracismo sufrido desde su derrota electoral de 1981 a manos de François Mitterrand.

La operación tiene su origen en los problemas internos de la política francesa y en el temor de los países más fuertes a colocar a alguien verdaderamente creativo, como Jacques Delors. De modo que Giscard, que auguró 'un destino patético' al Tratado de Niza, queda ahora encargado de presidir la asamblea de notables llamada a imaginar el futuro de la UE.

España es uno de los países en los que el nombre de Giscard y su misión han sido acogidos con mayor frialdad. Las nuevas generaciones no saben quién es, y los protagonistas de la transición a la democracia tampoco guardan buen recuerdo de él, al evocar la nula ayuda que prestó para resolver el problema de ETA. Leopoldo Calvo Sotelo es testigo del torpedeo de París a las negociaciones para la adhesión de España a la Comunidad Europea, y Felipe González lo corrobora, añadiendo que 'Mitterrand fue el primer presidente de Francia que entendió el problema bilateral' con España y retiró el veto francés a la adhesión de nuestro país a la Comunidad.

Un personaje, en definitiva, del que España esperaba un apoyo más sostenido a la democracia tras aquel primer gesto de estar presente en la coronación de Juan Carlos I, después de negarse a asistir al entierro de Franco. Pero España es sólo uno de los 15 socios de la Unión Europea. Por más que le toque ahora el turno de presidir la UE, el nombre de Giscard ha sido consensuado por Francia y Alemania. Y nadie se ha atrevido a vetarle, ni siquiera el presidente saliente del Consejo Europeo, el belga Guy Verhofstadt, cuyas convicciones federalistas encajan mal con el perfil de Giscard.

Este conjunto de circunstancias ha permitido el regreso del faraón. Su papel secundario en la política francesa le había llevado a intentar el salto a Europa por diversos caminos. Hace tres años se ofreció a montar un 'comité de sabios' encargado de proponer reformas institucionales para la UE, pero la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno celebrada en Colonia en 1999 no dio el paso. Antes había acariciado la idea de convertirse en el alto representante para la política exterior y de seguridad (PESC), un cargo finalmente atribuido a Javier Solana. Giscard d'Estaing también quedó muy decepcionado de no ser designado como primer presidente del Banco Central Europeo, un puesto para el que debería haberse nombrado 'una personalidad política', y no un ex gobernador de banco, según él mismo ha explicado.

No había dudas de que el presidente de la convención iba a ser francés: tanto es así que incluso existían dos candidatos, Delors y Giscard. La relación mantenida por ambos con el actual jefe del Estado, Jacques Chirac, y con el primer ministro, Lionel Jospin, explican el proceso que ha conducido a la designación.

Chirac fue primer ministro con Giscard d'Estaing, pero luego no le apoyó en las elecciones de 1981. Giscard no ha dejado de pasarle factura por esa 'traición', que le hizo perder la presidencia de la República por el 48,25% de los votos frente, al 51,75% de Mitterrand. En un libro reciente, Giscard afirma que Chirac pactó su derrota con Mitterrand: 'Observe bien la diferencia', dice Giscard que le confesó Mitterrand en su lecho de moribundo: 'Le faltaron a usted más o menos 300.000 votos', los sufragios de la primera vuelta que, por orden de Chirac, dejó de recibir Giscard en la segunda.

Puente de plata

La lanzada, puesta en boca del ex presidente muerto, da idea de lo molesto que resultaba a Chirac la presencia de Giscard en las elecciones de la primavera próxima. Pero el puente de plata al enemigo ha necesitado el visto bueno del primer ministro, el socialista Lionel Jospin, que se lo ha dado a costa de dejar en la cuneta a Delors. Este verdadero europeísta -diez años presidente de la Comisión Europea- se había declarado 'disponible' para presidir la futura asamblea, y aunque sus relaciones con Jospin siempre han sido descriptibles, éste no ha batallado por él. Para explicarlo se evocan desde el veto británico a Delors hasta la devolución de algunos favores políticos prestados a Jospin por un Giscard deseoso de debilitar a Chirac.

¡Qué compleja es la política! El caso es que Giscard tenía 48 años cuando fue elegido presidente de la República, y un septenato más tarde pasó por la humillación de no ser reelegido, una afrenta terrible para quien ejercía el cargo con maneras aristocráticas y todo el oropel reservado a los presidentes de la República. 'Perdidamente enamorado' de todas las francesas -según confesión propia-, mantuvo un buen nivel de popularidad durante sus años en El Eliseo, que se rompió al descubrirse que había vendido unos diamantes regalados por el emperador centroafricano Jean B. Bokassa.

'Nunca he mentido, yo no dije que no fuera cierto', ha explicado Giscard. 'Simplemente dije: Bokassa ha regalado esos diamantes como yo jarrones de Sèvres, porque esto forma parte de los intercambios de regalos entre jefes de Estado. No había ni mentira ni ilegalidad, porque el intercambio de regalos y condecoraciones era entonces una práctica corriente entre jefes de Estado, prevista por el protocolo'. Giscard no acepta que se tratara de diamantes: 'Eran unos brillantes valorados en 175.000 francos (4,4 millones de pesetas), que no era despreciable, pero, en fin, tampoco era un tesoro'.

'Es grotesco que Europa cambie de presidente cada seis meses'

LAS AMBICIONES europeístas de Giscard son modestas. No se trata de facilitar la elección de un presidente para Europa, porque este viejo zorro de la política considera imposible poner de acuerdo para ello a gentes que él mismo juzga 'tan distintas', como los escandinavos, los países ibéricos (léase España y Portugal) y, en el futuro, los Estados de los Balcanes, y se teme mucho que la Europa del Norte piense en pucherazos electorales por parte de la Europa mediterránea. 'Sería imposible gestionar una crisis electoral en Europa', afirma Giscard d´Estaing en su libro más reciente. No se trata, en resumen, de elegir un presidente europeo por sufragio universal, pero sí de conseguir un presidente permanente del actual Consejo Europeo. Considera 'totalmente ineficaz y, si se me permite, grotesca' la fórmula vigente de una presidencia rotatoria de la UE, que cambia cada seis meses. Estaría bien designar un presidente estable del Consejo Europeo, cooptado por sus pares del Consejo Europeo, con o sin participación de la Eurocámara. Una vez descartado el sistema del sufragio universal, pero aceptado el principio de un presidente europeo, ¿qué más se trata de conseguir? Giscard d´Estaing vuelve a dar muestras de prudencia: acepta incorporar la palabra 'federalismo' a su vocabulario político, lo cual parece mucho para tratarse de un francés, pero revela su miedo a la pérdida de la identidad nacional. Giscard se ha pasado los últimos años discurseando a los franceses sobre su 'declive' como pueblo, y todo invita a pensar que será más partidario de una Europa afrancesada que de una Francia europea. 'Europa ha de funcionar con dos ritmos: el de la gestión federal para todo lo que es común: el comercio, las leyes sobre la competencia, la política exterior, la defensa', pero 'el resto continuará siendo competencia de la gestión nacional, porque eso forma parte de nuestro patrimonio, nuestra cultura y de nuestra identidad', afirma en el libro aludido. Esa prudencia le ha valido, sin duda, más de un apoyo por parte de los euroescépticos. Por ejemplo, el del Reino Unido, donde el nombre de europeístas más convencidos, como Delors, suscita mucha oposición, aunque Londres ya no sea el reino de Margaret Thatcher, cuyas peleas con el ex presidente de la Comisión Europea se hicieron famosas. A la vez, el nombre de Giscard evoca menos peligros dentro de Francia, cuya clase política se muestra en general temerosa de perder el predominio ejercido en la creación y fortalecimiento de la Unión Europea. Además, Giscard ha anunciado que la convención encargada de proponer reformas institucionales a la UE celebrará su primera reunión en marzo: es decir, en plena campaña a las elecciones presidenciales de Francia. Magnífica fecha para los intereses electorales de Jacques Chirac, que así se asegura la retirada de un personaje molesto de la campaña electoral francesa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 21 de diciembre de 2001.