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Crítica:

La imaginación al poder de la filosofía

En sus Iluminaciones filosóficas, una obra capital dentro del pensamiento español de las últimas décadas, Ignacio Gómez de Liaño busca unir a la lógica de los conceptos la lógica de los afectos. Tratando de integrar el sentimiento y el entendimiento, este ensayo defiende una filosofía práctica que tenga en cuenta aspectos religiosos, imaginarios, físicos y morales.

Es éste un libro de filosofía sorprendente, muy sorprendente, algo que ya en principio se agradece en un campo del saber como éste, asolado hoy por el academicismo hermenéutico. Un libro original, muy original. Su autor comienza a pensar como si desde que comenzó el pensar no hubiera sucedido nada. O casi nada: su diálogo con la historia de la filosofía o de la cultura son simples comentarios puntuales a rasgos puntuales del pensamiento de alguna de sus figuras, más bien todas ellas antañonas. (Comentarios muy inteligentes, por cierto, en los que está también lo más divertido de este libro que, nunca mejor dicho, habla seriamente de lo divino y de lo humano). Piensa igual que podían haberlo hecho Tales o Anaximandro de Mileto.

ILUMINACIONES FILOSÓFICAS

Ignacio Gómez de Liaño Siruela. Madrid, 2001 484 páginas. 3.500 pesetas

El libro se compone de 2.721 fragmentos, anotaciones o iluminaciones (aforismos hay pocos), numerados y repartidos a lo largo de casi 500 páginas en capítulos más o menos temáticos que el autor ha tenido que construir después de la escritura original, y a regañadientes parece, en vistas a dar 'una cierta vertebración a lo que de otro modo podría ser una masa informe de pensamiento'. (Una alternativa buena hubiera sido dejar las anotaciones libres, tal y como surgieron originalmente, porque tampoco ahora tienen tanto orden, ni lo necesitan. Y una mala, malísima, en la que hubieran perdido todo espíritu, haber caído su autor en la tentación confesa de construir con ellas 'algo así como un sistema'). Busca 'iluminar aquello que todos sabemos sin ser tal vez conscientes de que lo sabemos'. E intenta conseguirlo desde una filosofía que vuelva a ser filosofía, es decir, que vuelva al proyecto original que olvidó en el ocaso de la Antigüedad, se haga otra vez 'ciencia en toda su plenitud y radicalidad' ella misma y aborde e ilumine así 'las formas más elevadas de espiritualidad hasta llegar a convertirse en metodología de las formaciones anímicas y espirituales'.

Añadamos finalmente a toda esta serie de peculiaridades programáticas que en la solapa del libro se presentan estas Iluminaciones diciendo de ellas que 'proponen una refundación de la filosofía de cara al nuevo siglo, planteando la necesidad de comenzar una nueva era con nuevos planteamientos filosóficos'. Y quizá sea verdad, aunque al menos en Occidente habían de cambiar mucho las cosas para siquiera entender ese propósito. Occidente ha olvidado el pensar original de que nació, y por tanto el ser, muy cercanos en el origen a Oriente, por cierto. ¿Los ha malversado con ello, o ese olvido es la ley natural e inocente del proceso necesario de las cosas? ¿Debe recuperarlos? Quizá ésa fuera la solución de sus problemas, pero el salto heideggeriano al origen es una pirueta arriesgada, más bien inverosímil, que muchos aplauden pero muy pocos intentan. Este libro sí lo hace, y de ahí su grandeza.

Ninguna de las peculiarida

des de este libro a que nos hemos referido, síntomas sólo de esa grandeza de que hablo, va en desdoro suyo, sino todo lo contrario. Lo que no sé es si la 'novedad' a que se refieren las palabras de su solapa la percibirá mucha gente, si su recepción tendrá la misma grandeza que su arrojo. Yo me temo que el exangüe academicismo a que me refería antes, que premia otros libros, ignorará este esfuerzo grandioso, que sin embargo queda ahí y en cuanto tal plenamente conseguido. Desde luego, a mi entender, es el libro de filosofía más interesante que se publica en España desde que recuerde en este momento. Confrontarse con él, tanto o más con la inquietante oportunidad de sus ideas que con ellas mismas, con el kairós que evoca, es una experiencia más conmovedora intelectual y espiritualmente que cualquier docta reflexión hermenéutica o cualquier indigestión de datos como esas que muestran las publicaciones filosóficas al uso. Aunque no en la filosofía última, o no lo muestra, docto, y sobre todo sabio, es este libro, a propósito, con creces.

Muestren lo que muestren estas iluminaciones a cada cual, que repito que creo que siempre será algo de algún modo conmovedor e inquietante, habría que decir de qué tratan. Pero también es difícil hacerlo, porque tratan de todo, pero sobre todo de lo uno. ¿De lo divino y lo humano? Sí, si se toma esa expresión en serio. En fin, tratan de cosas así como las que voy a decir a continuación. Resumirlas, además de que no se puede, ya se sabe: es imposible.

Para empezar: el principio de las cosas fue una excitación infinitamente indeterminada que apuntaba a una resolución infinitamente determinada, algo así como lo que resultaría de fundir las conocidas expresiones 'en el principio fue la acción' y 'en el principio fue el verbo' con la acuñada por Gómez de Liaño: 'En el principio fue el gozo del contacto, de la conexión, el Eros'. Entender y conocer el complejo de lo real que surgió de ese principio en la unidad trinitaria de la acción, la palabra y el amor es, a su vez, una tarea compleja: 'Traducir los sensa y cogitata en términos del idioma divino, del idioma inherente al universo, que no es más que un cierto orden de qualia y quanta'.

Qualia y quanta, que se presentan simultáneamente e interpenetrados ('todo quale forma parte de un quantum y todo quantum de un quale'), son los datos o elementos irreductibles de lo real y de cualquier empresa iluminadora suya. El saber de las cosas del mundo siempre vendrá de algún modo por la cuantificación de sus cualidades, pero no traduciendo sin más qualia en términos de quanta como pretende la ciencia, sino por una dialéctica de quanta y qualia en la que no prime ni la precisión de los primeros ni la vaguedad de los últimos; una dialéctica que vaya presidida por la unidad del sentir-entender y ponga su punto de mira en reconstruir la unidad originaria de lo real en el quale-quantum y en definitiva en el Uno. 'Así como el quale-quantum manifiesta el sentir resolutivo, asimismo el Uno es la base del entender en que culmina la resolución formal del sentir. En su fondo último, la realidad es la manifestación física de la unidad-sintiente'.

El sentir-entender, la forma real de afrontar las cosas -entender sintiendo, sentir entendiendo-, en la que la lógica de los conceptos va unida a la lógica de los afectos olvidada por la filosofía moderna, se revela, en primer lugar, 'encarnado, somatizado, infuso en un cuerpo'. Por eso el mundo se hace presente como se hace presente; es decir, a través de un marco de referencia carnal, coimplicado con la carne. La comprensión del mundo coimplica a este nivel dialéctico la de cuerpo, soma y carne. Cuerpo es todo objeto de pura representación, es decir, aparición de qualia-quanta coordinados de forma relativamente estable. Soma es el cuerpo como organismo psíquico, o sea, en tanto que se manifiesta anímicamente. Carne es el cuerpo como soma o, en referencia al mundo, su parte viva: 'El mundo es carne abierta, la carne mundo cerrado'.

En un segundo nivel de la dialéctica del sentir-entender, y si yo no malentiendo las cosas, la comprensión de la realidad implica otras estructuras correspondientes, condicionadas y no diferentes en el todo de lo real a las anteriores: una, a la de cuerpo/mundo, el yo; y otra, a la de soma/carne, el alma. Yo y alma entendidos como nexos sentiente-inteligentes de objetos de mundo y carne en el sentido dicho, cuya fuerza coadyuva a sostener el mundo, la carne y el todo. El yo sería el cuerpo que posibilita a su través el sentir-entender; y el alma, el mismo sentir-entender como principio encarnado en un cuerpo. En esta dialéctica, el yo, fisiología y circunstancia, es menos radical y primario que el alma, principio consciente. (En el capítulo sobre el yo, donde aparecen estas últimas iluminaciones, están también algunas de las referencias hermenéuticas -a Teresa de Jesús, a Spinoza, a Descartes, a Kant, a Fichte, a Proust, etcétera- más punzantes del libro).

En un tercer y último nivel dialéctico, para recomponer aquel idioma divino inherente al universo, se recoge todo lo dicho en la unidad armónica del comprender pleno que vuelve a sí misma en forma del Uno-Dios. El hombre y demás seres no sienten-entienden por qué sienten-entienden, pero el hombre sí es consciente al menos de ello; es incluso consciente de que tiene consciencia: de que tiene esa consciencia sobre todo; los cogitata están dotados de una estructura y ser que no pueden haberse dado a sí mismos. Alguien supremamente consciente, 'supremamente sentiente-inteligente-sentido-inteligido', tiene que haber dado al hombre y sus cogitata esa posibilidad de estructura, ser y consciencia; alguien tiene que haberse servido de la materia universal para hacer manifiesta en ella, en el tiempo y en el espacio, la razón 'conforme a la que está diseñada la vibración más elemental de que está constituido el Universo'. Tras este nuevo postulado ontológico de la existencia de Dios, Gómez de Liaño concluye: 'A ese Alguien lo llamo Dios'.

Los juguetes de la lógica

EL INTRINCADO camino dialéctico de estas Iluminaciones filosóficas no puede haberlo recorrido sola la lógica de los conceptos. Gómez de Liaño aboga por una filosofía que una esa lógica a la de los afectos, al pathos, por una filosofía 'patética' ('pática', diría yo, por las resonancias semánticas de 'patética') que tomase en cuenta la afectividad y la imaginación, repletas del heroico furore de Giordano Bruno, a quien Gómez de Liaño tan bien conoce y sobre el que nos ha enseñado tanto. La 'representación cognitivo-racional' no es el único componente del ser humano, la filosofía ha de asumir también los 'constituyentes afectivo-motores de la vida'. A la teoría ha de acompañar la mnemónica, que 'según la conocemos por las obras de Giordano Bruno y otros autores, dirigió su método práctico-poético a la edificación imaginaria de lugares conforme a ciertas relaciones topológicas, y a la modelación, también imaginaria, de imágenes y simulacros empapados de emoción, afectividad y sentimiento. Sus métodos reúnen el sentir y el entender, entretejen los hilos representativos, afectivos y motores de que está formado el tapiz de la vida'. Para conocer los hechos cotidianos del mundo está la ciencia, si me siento mal voy al médico y no al filósofo, la filosofía está para imaginar otro modo de verlos, decía Vattimo hace pocos meses en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Aunque las artes y la poesía son sólo la prehistoria de esta filosofía práctica, como dice, quizá había que aplicar en el mejor sentido al filósofo Ignacio Gómez de Liaño, a pesar de todo y de todos los 'perros guardianes de la filosofía' (la expresión es de Paul Nizan), uno de los aforismos más bellos de su libro: 'En manos de los poetas los vínculos de la lógica son sólo juguetes'. Depende con qué lógica, está muy bien jugar con ella. Al escondite, si es posible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de diciembre de 2001

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