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Entrevista:Ignacio Gómez de Liaño

'Hoy se enseña a la gente a ser ingeniero, pero no persona'

¿Es suficiente la razón para alcanzar la sabiduría o llevar una vida digna? El autor de Iluminaciones filosóficas realiza un recorrido por los temas básicos del pensamiento y propone una refundación del 'proyecto originario de la filosofía', que junto a los aspectos puramente teóricos y racionales se ocupaba de los imaginarios y morales, hoy dejados en manos de la religión.

En tiempos en los que los profesores de filosofías han sustituido a los filósofos, Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946) ha escrito unas radicales Iluminaciones filosóficas entre la audacia ('El punto de partida debe ser algo sobre lo que no se puede dudar') y la cautela ('¿Qué hacer para que la filosofía no se convierta en tóxico? ¿Un prudente escepticismo?').

PREGUNTA. Su libro parece escrito con la mente en blanco, como si nunca antes se hubiera pensado.

RESPUESTA. Una de las tareas del filósofo es quitarse la armadura de pensamientos que han recubierto nuestra manera de ver las cosas.

P. Tradicionalmente se dice que hay que pensar desde la duda. Usted lo hace desde una certeza.

'No basta con pensar bien para actuar bien y para vivir bien. El ser humano no es sólo un ser de razones'

R. Uno no puede dudar de todo, porque si duda de todo ya no duda de que duda. La duda que pretende ser total se autoanula. El acto de pensar tiene una base indudable: el hecho de que sentimos y pensamos. Y no es algo abstracto, es sentir colores, sabores... Lo que uno siente no es ni verdadero ni falso. Es previo. Lo verdadero y lo falso se producen cuando uno dice esto es rojo o esto me gusta. La expresión lingüística supone pasar a otro nivel.

P. ¿Se puede pensar sin las palabras?

R. Muy a menudo pensamos sin palabras. Sólo cuando uno tropieza con algo, se formulan verbalmente las cosas. El lenguaje tiene algo de mecanismo de seguridad sobre los pensamientos, de forma de encauzarlos, pero el pensamiento es previo.

P. ¿El lenguaje se ha convertido en la cárcel del pensamiento?

R. Es el destino de todo lo que se refiere a la cultura: puede ser un agente de liberación o una camisa de fuerza. Lo importante es no convertir el lenguaje en un fetiche que nos impida pensar. El lenguaje es una forma muy primaria, desde el punto de vista de la historia de la humanidad, de comunicación y control sobre los pensamientos. Muchas veces no nos damos cuenta de hasta qué punto las palabras o esas construcciones de palabras que son ideologías se convierten en cárceles de las que no sabemos salir. Ampliar esas paredes es uno de los fines de la filosofía.

P. ¿Cómo? Usted habla de actualizar el proyecto original de la filosofía. ¿En qué consistía?

R. Había dos elementos fundamentales. Uno, el más difundido, el de discurrir de una forma racional sobre un tema, es decir, de una forma que no sea mágica ni mitológica. Esa parte es puramente teórica.

P. ¿E insuficiente?

R. No basta con pensar bien para actuar bien o para vivir bien. De ahí que junto con esa parte lógica estaba lo que yo llamo 'decurso mnemónico'. El ser humano no sólo es un ser de razones, sino de imaginaciones empapadas de afectividad. Para eso se utilizó un método que no es el de la lógica, aunque no es incompatible con él y que fue la llamada arte de la memoria. Son técnicas que pretenden utilizar los contenidos imaginarios y afectivos de la mente con vistas no sólo a recordar mejor, sino también a formar mejor la personalidad.

P. ¿La filosofía renunció a una de sus caras y la dio a la religión?

R. Sí, se dedicó a ser una disciplina teórica racional y olvidó algo que no olvidaron ni los platónicos ni los pitagóricos y los estoicos. El filósofo debe ser consciente de la importancia que para la vida tienen la imaginación y la afectividad y de que si queremos perfeccionar al ser humano no basta con hacer de él un ser lógico. Tenemos que proporcionarle métodos para que sepa manejar sus imaginaciones y sus afectos.

P. ¿Qué precio hemos pagado por esa renuncia?

R. El del desamparo. Al no haber aprendido técnicas para formarse a sí mismo, el ser humano se siente disminuido de fuerzas. Hoy a los seres humanos se les enseña a ser ingenieros o abogados, pero no personas. Para eso están las religiones, pero éstas han terminado por situarse al margen de la vida real. Y la filosofía se ha preocupado sólo de cuestiones teóricas.

P. Repite la palabra técnica. ¿Se puede ser técnicamente feliz?

R. La lógica, por ejemplo, no sólo es una teoría, sino una técnica, una técnica de pensar racionalmente. Tomemos un tema clásico de la filosofía: la virtud, entendida como técnica del comportamiento con vistas a vivir mejor. El que es dueño de sí mismo, de sus representaciones, de su mundo interior, tiene más posibilidades de llevar una vida más feliz que alguien a merced de cualquier azar, o peor, de teorías equivocadas.

P. Sus reflexiones desembocan en la religión, cuyos enemigos son, dice, el hipermercado y el estadio. Si a alguien le sirve ¿por qué no?

R. No digo nada en contra. Es un hecho. Con esa situación se pierden realidades que representan los templos, las liturgias, y que forman parte de la más alta cultura. Su pérdida afecta a nuestra propia humanidad. Se suele hablar en términos muy simplistas de la religión, como si sólo fuese Inquisición y pecados. A lo que aludo es a que esos sustitutivos de la religión pueden significar un empobrecimiento. No se crea que por liberarse de la religión uno va a conseguir desarrollar cotas más altas de humanidad. Puede ser lo contrario.

P. Su libro respira cierta decepción respeto al mundo moderno.

R. Nuestras condiciones de vida hacen que la gente sólo conviva cuando está en el trabajo, lo cual es una tergiversación de la convivencia. El resto se da en soledad, ante el televisor, ante un libro abierto o en diversiones deshumanizadas.

P. ¿Por qué deshumanizadas?

R. Porque desaparece algo que caracteriza a la relación humana: la conversación. Las relaciones ahora parecen más propias de fiestas de periodos muy arcaicos reactualizadas, como en las discotecas. El problema es que no se puede tener una continuidad en las relaciones.

P. ¿No puede haber una riqueza en lo momentáneo?

R. No creo. Es cierto que en las condiciones de vida actuales se han abierto otras posibilidades y experiencias a las que a la gente les resultaría muy difícil renunciar: un sentido orgiástico de la vida junto junto a un sentido muy riguroso del trabajo.

P. Usted es profesor de Estética, ¿también el arte ha entrado en esa dinámica?

R. Estamos en los saldos generales de las vanguardias de hace cien años, que ampliaron el campo de lo representable y cumplieron un papel histórico, pero también corrieron el riesgo de trivializar la representación. Se ha pasado del triunfo del artista al del promotor. El arte corre el riesgo de convertirse en un apéndice de la publicidad. Ahora hay formas que se presentan como vanguardistas que representan el lastre de que todo valga igual, con lo que ya nada vale. Se impone la autoexigencia. Como decía Paul Valéry, lo que se hace sin esfuerzo se hace sin nosotros.

P. ¿Cómo afecta a alguien que está pensando desde la raíz un acontecimiento que entra por el televisor el 11 de septiembre?

R. Ese día representa la conciencia de que vivimos en un mundo mucho más inseguro de lo que muchos querían pensar. Se percibe además que vivimos en un mismo mundo. De esa reflexión, de que nos afecta todo, despertará, aunque sólo sea por egoísmo, un cierto sentimiento de solidaridad. La comprensión que ha habido con ciertos regímenes tenderá, espero, a desaparecer. Otra reflexión: la importancia del factor religioso en la vida contemporánea. Su degradación puede ser muy peligrosa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de diciembre de 2001