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COLUMNA

Viva la patria

El mundo está lleno de mentirosos y la mayor parte de ellos cuentan sus mentiras agarrados a una bandera. Eso es lo que yo pensaba antes, pero ahora ya no; ahora, el PP ha llamado a los españoles todos al Patriotismo Constitucional y yo estoy dispuesto a ser, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, leal a España, hasta la última gota de mi sangre, como decíamos los reclutas en los cuarteles, al jurar bandera. ¿Cuál es el primer mandamiento de la lealtad? La obediencia. Eso también lo aprendí en el cuartel, mientras hacía la mili en Sevilla: una mañana, durante una clase teórica, un sargento le preguntó a un soldado qué haría si cayese una bomba atómica 'de cien o doscientos kilotones' en Dos Hermanas. El soldado, que era estudiante de Ciencias Exactas, contestó:

-Nada. No podría hacer absolutamente nada.

-¡Pero cómo que nada, hombre! Tienes que meterte debajo de una mesa de formica. ¡Os lo he explicado cuarenta veces!

El soldado intentó explicarle que cien o doscientos kilotones era una carga de dinamita mucho más grande que la que llevaban las bombas de Hiroshima y Nagasaki juntas, y que Dos Hermanas está tan cerca de Sevilla que la onda radiactiva llegaría en diez segundos, la onda calorífica en quince segundos, la onda explosiva...

-Mira, listillo -explotó entonces un teniente-: aquí se hace lo que dice el sargento instructor. ¿Está claro? Ni onda radiactiva ni leches. O te metes debajo de la mesa de formica o te arresto dos semanas.

Yo no quería convertirme, ni por todo el oro del mundo, en alguien como ese soldado, en un listillo, un saboteador del sistema, un desleal a su país y a su ejército, una de esas personas egocéntricas y quisquillosas que lo critican todo, que nos hacen ver cuánta razón tenía el poeta Vicente Huidobro cuando escribió aquel verso que dice: 'Por cada pájaro del cielo habrá un cazador en la tierra'. No, yo no quería ser así; de modo que empecé a fortalecer mi Patriotismo Constitucional y decidí hacerlo en mi propia ciudad, en Madrid. Acababa de anunciarse una subida monstruosa del precio de los transportes públicos y algunos revoltosos habían protestado, que es lo único que saben hacer, quejarse; pero entonces salió por la televisión una luminaria del Ayuntamiento y ofreció una alternativa al problema: vayan a pie. Eso es, vayan a pie, que es sano, es divertido y sale gratis. Yo, la verdad, tenía ciertas dudas, pero me dije: adelante, hagamos de éste un país mejor.

Anduve por Madrid esquivando, en las estrechísimas aceras que hay en la zona donde vivo, señales de tráfico, buzones, desniveles, baldosas levantadas por las raíces de los árboles, vados y, sobre todo, cacas de perro, cacas suficientes como para abonar Castilla-La Mancha entera y exportar el resto a Europa. Pero lo esquivé todo y me fui calle arriba, recordando unos versos de Roma, peligro para caminantes, de Rafael Alberti: 'Trata de no mirar sus monumentos, / caminante, si a Roma te encaminas. / Abre cien ojos, clava cien retinas, / esclavo siempre de los pavimentos'.

Durante el trayecto, tuve que salirme de la acera unas setenta veces y un par de autobuses me pasaron tan cerca que me deshicieron la raya de los pantalones, pero al fin llegué al centro de la ciudad, crucé de lado a lado la Gran Vía, donde me encontré con una sucesión de zanjas, vallas, tubos, hormigoneras y carretillas que esquivé patrióticamente, y al poco tiempo ya estaba en Atocha. En los alrededores del Museo Reina Sofía me robaron el dinero: acababa de sacar la cartera para pagar el periódico cuando dos jóvenes me la arrancaron de las manos y huyeron a mil por hora. Miré a mi alrededor, en busca de un guardia que vigilase esa zona conflictiva, famosa por sus tirones y sus atracos a plena luz del día, pero no encontré ninguno. Iba a enfadarme cuando mi conciencia patriótica me dijo al oído: ¿Ya te estás quejando?

Luego se hizo de noche y vino el apagón, ya saben, ese que dejó a oscuras a 900.000 personas en Madrid, y tuve que esquivar todos los obstáculos de nuevo, esta vez a oscuras. Al llegar a casa, me sentí exhausto, atracado y feliz. ¿Ven cómo cuando uno quiere, puede? Viva la patria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de diciembre de 2001