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COLUMNA

Oh, mores!

Echar la vista hacia atrás es un gesto ocioso que sólo puede estimular el interés entre los arqueólogos. Incluso han desaparecido aquellas evidencias sobre la transformación de las cosas y la vieja máxima de que nada se destruye y todo viene de un precedente. Eso será para los que estén en el ajo, que tengo en muy pocos y condenadamente discretos. Sabe Dios con qué están hechas las empanadillas congeladas, ni qué materia prima se utiliza para elaborar la horchata de chufas, o la razón de que haya más castañeras en Nueva York que en Madrid. Hace tiempo que no se las ve en las calles céntricas, como centauras soldadas al horno donde se dora a punto el nutritivo fruto, imposible de asar en el microondas, en la cocina eléctrica o en la de gas. Es la mejor terapia contra los sabañones y un excelente alimento de sabor irrecuperable. De la circulación han desaparecido los guardias, las violeteras de la calle de Alcalá reparten propaganda de las academias de idiomas en la boca del Metro y los antiguos y espabilados botones revolotean como mensajeros o distribuidores de pizzas, en vespino, aunque cada vez con mayor autoridad transiten por las aceras, algo que parece institucionalizarse en nuestra ciudad.

Las pensiones no contributivas han manumitido a la honorable viuda venida a menos que, como señora de compañía, cayó bajo la tiranía de otra señora adinerada e insoportable. No hace mucho se reencarnaron en relaciones públicas de restaurantes y boutiques caras. En esta actividad el retrato robot corresponde al de una dama, generalmente divorciada -en España, últimamente, hay menos viudas de lo que se cree-, de buen ver, entre los 45 y los 60 años, con hijos que no han terminado la carrera e hijas que se levantan a las doce y media de la mañana, aunque las haya que a las once ya están en pie. Su misión es sonreír como si supieran lo que hacen y dedicar el 40% de los ingresos a cremas, cosméticos y guardarropa variado. Tengo oído que en España ha cuajado la costumbre de adquirir prendas usadas, en buen estado de conservación. Quizás las suministren las presentadoras de televisión que tienen, como primordial gesto, el de aparecer cada día con un modelo diferente. De las damas dedicadas al menester mencionado no se espera que sean eficaces, sino amigas o parientas del propietario del establecimiento.

Entre los representantes masculinos dedicados a lo mismo quizás algunos espectadores disciernan ciertos matices, pero en general suelen ser más discretos, salvo, claro está, que pretendan mostrarse informales, deportivos y desenvueltos. Entonces pasa a primer plano el diseño de la zapatilla o la sudadera. Como regla general, la distinción en el hombre debe caracterizarse por una circunspecta y bien cortada monotonía. No aprendí a tiempo de mi viejo amigo, Antonio Garrigues Walker, que siempre ha usado trajes grises oscuros, o de mi otro colega, Sucre Alcalá, que se ha decantado por el azul marino, ambas elecciones compatibles con cualquier hora del día y de la estación del año salvo, quizás, para manifestarse detrás de una pancarta. Otro estimado compañero, Epifanio Tierno, me recuerda recientemente que le pregunté una vez por qué iba vestido de sofá; me aseguró que jamás volvió a encargarse un terno marrón o de tono café con leche.

Todo tiene su transmutación, aunque consideremos preocupante el agotamiento de una especie antaño de gran utilidad, capacitada para resolver problemas puramente hogareños. Hoy es preciso esperar a que la avería se haya hecho suficientemente grande para requerir los servicios de alguien que cobra 7.000 pesetas por desplazamiento y lo que un cirujano por implantar un corazón, si tarifara por horas. El entrañable chapuzas se ha jubilado, fueron los brontosaurios del siglo XX d. C. Claro que esa ausencia coopera para que descubramos en nuestra adormecida personalidad habilidades nunca manifestadas. Personalmente -como muchos otros adultos de sexo masculino- no sabía enroscar una bombilla, porque para eso estaban los electricistas. Hoy, con elevados porcentajes de riesgo, propio y para quienes me rodean, acometo con mis manos menudas reparaciones que hace unos años no habría soñado realizar. Por ahora resisto a la tentación de adquirir un maletín de herramientas, porque de ahí al bricolaje sólo hay un paso. Como de Roma dijo don Francisco de Quevedo, 'huyó lo que era firme y solamente lo fugitivo permanece y dura'. ¡Adiós, viejas costumbres! '¡Oh, tiempo de los moros!', como tradujo aquel besugo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de diciembre de 2001