Un cuento
Voy a contar un cuento. Un cuento justo, que quiero rescatar del olvido, y no son muchos los años transcurridos desde entonces. Un cuento cuya moraleja callo, confío en la sabiduría llana del que también calla y comprende y aprende. Y sonríe. Había una vez un instituto de enseñanza secundaria en Coslada, cerca de Madrid. Un instituto que nació con un nombre de serie, como todos, el Coslada III, en espera de encontrar su verdadero nombre, en espera de ser bautizado para comenzar a existir. Pues nada vive hasta que ha sido nombrado, siempre se ha dicho.
Así, llegado el momento, todos quienes por allí moraban deciden ponerle el nombre (siempre es un homenaje) de Antonio Gala. IES Antonio Gala. En Coslada hay más institutos, está el Manuel de Falla, el Miguel Catalán, el María Moliner, el Antonio Gaudí, el Rafael Alberti, el Luis Braille. Son siempre pequeños homenajes casi siempre tardíos, postreros (no debería ser necesariamente así), con otra excepción: el IES Luis García Berlanga. Y las gentes de aquel instituto, con toda ilusión, se lo hicieron saber al elegido, Antonio Gala, solicitando entonces (¡imperdonable osadía!) su presencia invitada para inaugurar y recibir su homenaje cuando él pudiera.
Mas aquí la sorpresa mayúscula: que aquí termina el cuento. Es el momento en el que los habitantes de este pequeño instituto escuchan la ofensa que les hacen ver del todo evidente: que carecen de la categoría suficiente para hacer frente al caché de don Antonio. Y se habla de cifras para que se digne a asistir, cantidades intermedias entre los números de seis y de siete cifras... Aquel instituto recibe perplejo la bofetada, el desprecio del homenajeado. Y aquel instituto, orgulloso, decide cambiar su nombre, renegar de vanidades fatuas, de homenajes, de admiraciones humilladas. Aquel instituto repara en que ha crecido en la avenida de la Cañada, palabra cargada de historia. De humilde historia.
Por eso este cuento tiene un final casi feliz, pues sepan ustedes que el nombre de aquel instituto pudo cambiar (la tristeza y la herida, nunca). Así, hoy en Coslada pervive un instituto cálido y valiente que simplemente se llama IES La Cañada. Es el único que a nadie rinde admiración.
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