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Crónica:FÚTBOL | 13ª jornada de Primera División

El gran salto del Alavés

El equipo de Mané vence al Celta y sube al segundo puesto, el mejor de su historia

En el fútbol, las rachas, además de caprichosas, resultan enigmáticas. Y en el caso del Celta, injustas. Aquí tenemos a uno de los escasos equipos empeñados y capaces de jugar bien al fútbol y que, sin embargo, pierde un domingo sí y otro también. A su lado, dispuesto a recrearse en la paradoja, se hallaba ayer el Alavés, ya instalado en el podio de la Liga -se ha colado en el segundo puesto, la mejor clasificación de su historia- gracias a un fútbol mucho más rudimentario que el del conjunto gallego, pero matemáticamente productivo.

En el cuadro vitoriano no hay hueco para los excesos, sean del tipo que sean. Su fútbol es un asunto funcionarial adornado con fogonazos de oportunismo: la máxima rentabilidad a partir de contadísimos detalles de muy buen gusto. Y después, a correr, a pelear y a desquiciar al adversario, casi siempre urgido por una desventaja imprevista. Como el Celta.

ALAVÉS 1| CELTA 0

Alavés: Herrera; Geli, Coloccini, Téllez, Llorens; Pablo, Turiel (Witschge, m. 59); Astudillo, Jordi, Magno (Kanu, m. 80); Rubén Navarro (Iván Alonso, m. 46). Celta: Cavallero; Yago (Edu, m. 67), Cáceres, Berizzo, Juanfran; Luccin, Doriva; Karpin, Gustavo López (Jacobo, m. 85), Silvinho (Vagner, m. 82); Catanha. Gol: M. 5. Pablo aprovecha un rechace recogido fuera del área del Celta para batir a Cavallero con un disparo desviado por el defensor Cáceres. Árbitro: Muñiz Fernández. Amonestó a Llorens, Luccin, Téllez, Doriva, Silvinho y Herrera. Unos 14.000 espectadores en el estadio de Mendizorroza.

El grupo de Mané se ha instalado en un estado de confianza desde el cual ve crecer su renta de puntos amasados con justicia o sin ella. Casi siempre sin brillo. La racha del Celta es mucho menos agradable. En su caso, reflexionar sobre la mejor manera de asegurarse una victoria es perder seguro. Ayer mismo se había propuesto enderezar su sino, abandonar el diván. Pero despertó en plena pesadilla, con un gol en la frente apenas cinco minutos después de iniciarse el encuentro señalado para su pequeña redención.

Pese a todo, el Celta mantuvo la cordura y se armó de paciencia para poner buena cara al partido. El tanto del Alavés se apellidaba casualidad y su fútbol improvisación, así que el balón pertenecía a los gallegos. Pero la omnipresencia del Celta no agobió al Alavés, tan acostumbrado a jugar a la contra y a defenderse sin perder los papeles que se limitó a esperar que el equipo vigués se desfondara. Sin Mostovoi, los celestes se entregaron a Karpin y a la circulación eléctrica del balón, que se tornó invisible para los locales, excepción hecha de Coloccini, impecable en el cuerpo a cuerpo con Catanha.

Con Catanha, sí, perecieron todas las opciones de empatar que albergaba el Celta. Su pelea con Coloccini, claramente abocada al fracaso, se trasladó al resto de sus compañeros: cuando el central argentino robó por dos veces el balón al delantero brasileño dentro del área y lanzado a puerta, el Celta supo que le faltaba un punto de creatividad para superar el muro.

Ahí se atascó una cita que Mané, al colocar un quinto defensa, reabrió parcialmente. El Alavés vivió él último cuarto de hora en una bolsa junto a su área, quitándose balones de encima de forma tosca, abandonado a su capacidad agónica. Una capacidad implacable con cualquier rival que no viva en estado de gracia. Y no es éste el caso del Celta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de noviembre de 2001