Crónica:CIENCIA FICCIÓNCrónica
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Mundos de aplastante gravedad

INFIERNOS HELADOS, mundos desérticos bañados por un sol abrasador, eriales emponzoñados por lluvia radiactiva... La ciencia-ficción ha imaginado otros escenarios allende las fronteras terrestres. De mundos livianos a planetas de aplastante gravedad, pasando por sofisticadas creaciones artificiales como la singular Estrella de la muerte... Hábitats que han puesto de manifiesto la vulnerabilidad de la envoltura corporal del ser humano, una fragilidad marcada por miles de años de evolución en un entorno dominado por una gravedad constante.

Misión de gravedad (Mission of Gravity, 1954), de Hal Clement, una obra clásica de la literatura de ciencia-ficción con sólida base científica, constituye un manual de geología planetaria extrasolar y de exobilogía. En ella, se narra la odisea de una expedición humana al planeta Mesklin, un mundo imaginario con una temperatura media de unos 140 grados centígrados bajo cero (que da lugar a la formación de océanos de metano líquido y a la caída de nieve de amoníaco) y una asfixiante gravedad. Con un diámetro polar de unos 30.000 kilómetros y una gravedad equivalente a unas 700 veces la terrestre (700 g), su rápida rotación, que completa en sólo 18 minutos (80 veces la de la Tierra), produce un notorio achatamiento del planeta por efecto centrífugo: su diámetro ecuatorial aumenta hasta los 70.000 kilómetros, lo que provoca una disminución de la gravedad ecuatorial hasta valores mucho más modestos, sólo unas tres veces la terrestre. Hasta aquí la ficción.

Los efectos de la rotación en la morfología planetaria son bien conocidos en nuestro Sistema Solar. La Tierra está ligeramente achatada por sus polos: su diámetro ecuatorial, unos 12.756 kilómetros, es unos 44 kilómetros mayor que el polar, lo que produce una ligera diferencia en el valor de la gravedad local de ambos puntos. Por el contrario, Saturno constituye el paradigma en cuanto a mundos achatados: su diámetro polar, de unos 108.728 kilómetros, se amplía en casi 12.000 kilómetros en su ecuador, merced al acentuado efecto centrífugo producido por su rápida rotación, que completa en sólo 10 horas.

Pese a que Mesklin se emparienta con los gigantes gaseosos del Sistema Solar, como Júpiter o Saturno, su elevada gravedad parece poco compatible con un planeta gaseoso. En este sentido, Júpiter ostenta el récord de gravedad planetaria del Sistema Solar, con unas 2,7 gravedades terrestres, muy lejos de las 700 g de que hace gala Mesklin.

En un interesante artículo titulado Whirligig World y publicado en la revista especializada Astounding Science Fiction, el propio Hal Clement desvelaba las claves que llevaron a la génesis de Mesklin: inspirado en un sistema estelar real, a 11 años-luz de la Tierra, Mesklin fue diseñado a semejanza del compañero no visible que orbitaba la estrella 61 Cygni. Tal objeto tenía unas 16 veces la masa de Júpiter, aunque su tamaño era más parecido a Urano. Un objeto cuyas características lo situaban en la frontera entre una pequeña estrella y un planeta masivo. Un cuerpo así debería poseer una extraordinaria gravedad superficial, cientos de veces mayor que la terrestre.

Interesante escenario para una obra de ficción.... siempre que los astronautas que lo visitaran sobrevivieran a tamaña gravedad. Dado que la gravedad de Mesklin estaba muy lejos de los límites de tolerancia del ser humano, se imponía una solución inteligente para sortear el problema, Clement optó por echar mano de la rotación del planeta. Una solución elegante, pese a los problemas físicos derivados de la rápida rotación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 13 de noviembre de 2001.