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Columna
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Posibilidades

Se suele establecer, tal vez con algo de arbitrariedad, que el último hombre que lo supo todo fue Aristóteles. Es decir, que él fue el último que no se vio obligado a dejar estudios a la sombra y que se manejó con la misma desenvoltura en matemáticas, metafísica, biología y ética. El juicio es injusto: olvida las grandes síntesis romanas y medievales, el miniaturismo de Plinio e Isidoro de Sevilla, la sabiduría petulante y ciega de los herejes del Renacimiento. Quizá para vencer a la muerte, el hombre se preocupó desde sus inicios por acumular conocimientos; el modo más conspicuo de luchar contra el olvido era evitar su infección, oponerle fronteras, cavar pozos en el alma hasta los que no lograra descender. Y esos pozos se llenaban de desperdicios, de citas, de lucubraciones, de datos verdaderos, falsos y probables, y creaban en la memoria de los sabios el primer atisbo de lo que luego serían las bibliotecas, lugares de promiscuidad. El Renacimiento no supo de ese mal que iría anquilosando cada vez más las fuerzas del intelecto humano, el de la especialización. Hace unos días, hemos leído que un ingeniero noruego ha resucitado los planos de un puente elaborados por Leonardo hace más de cinco siglos, y que el resultado ha sido una obra sólida, enérgica, de una sorprendente modernidad: uno contempla esa construcción y luego vuelve los ojos hacia la Virgen de las Rocas y entiende que ambos están animados por una misma soberbia, por la misma ausencia de cauces, la de un individuo que ponía una misma atención y un mismo esmero en crear bocadillos, máquinas voladoras, retratos de una gélida pureza. En el siglo XV, Pico della Mirandola escribía que el hombre está obligado a ser todas las cosas, porque su genio patrón es Proteo, que cambia diariamente de forma. Mucho tiempo después, los existencialistas le rebatirían afirmando que el hombre se compone de renuncias: somos sobre todo aquello que no podemos ser, lo que dejamos atrás o lo que se halla fuera del radio de nuestras elecciones.

Felizmente, Gonzalo Suárez descree de esos límites. Como Orson Welles, o Duchamp, o Cocteau, regresa al Renacimiento y se empeña, siguiendo las órdenes de Pico, en ser a la vez pájaro, reptil, sauce y arcángel. La semana pasada Suárez estuvo en Sevilla con motivo del Festival de Cine y Deporte, y asombró a propios y extraños con su eterna inclasificabilidad. Un rápido sobrevuelo de su biografía aporta ya ese vértigo de labores e intereses que será la tónica de su obra: periodista, autor de teatro, pintor, instalador de gasolineras, director de cine, novelista. Con su misma existencia, Suárez niega la imposibilidad de lo imposible; tranco a tranco, se encarga de ir ensanchando el mapa del mundo, de extender las páginas de los atlas, añadiéndoles notas marginales, correcciones. 'A la realidad no se la captura', escribía en 1972; 'cuando el hombre cree tener la realidad, sólo tiene la ficción'. Es la realidad la que copia a la ficción, y no viceversa: de ahí lo peligroso de la fantasía, de los sueños, de las posibilidades incumplidas. Las torres gemelas explotaron varias veces en el cine antes de hacerlo sobre Manhattan: por eso debemos tener cuidado con lo que soñamos.

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