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Una exposición antológica recupera en Pamplona al pintor Miguel Pérez Torres

Muchas de sus obras acabaron arrojadas a las aguas del Ebro. Fueron consideradas simples telas sin valor por los propietarios de algunos inmuebles demolidos en la ciudad natal del artista, Tudela. Pero la incalificable afrenta realizada al autor, Miguel Pérez Torres (1894-1951), no empañó la extraordinaria calidad del retratista navarro, al que una larga enfermedad y un carácter solitario, austero y falto de ambición, condujeron a la falta de reconocimiento público, al aislamiento social y al olvido. En algunas ocasiones, el autor ni siquiera firmó ni dató sus lienzos

Para reivindicar la memoria y el trabajo de un gran captador de psicologías, buen amigo de Zuloaga y Basiano, Caja Navarra ha presentado en Pamplona una exposición retrospectiva con más de medio centenar de retratos y paisajes (óleos y dibujos) de Pérez Torres. En estas obras se constata la fresca espontaneidad del realismo lírico de un autodidacta que estuvo en contacto con las vanguardias artísticas de comienzos del siglo XX en Madrid y Barcelona, aunque las desdeñó para optar por una continuidad creativa ligada a los clásicos a los que admiraba, como Zurbarán, El Greco o Goya.

Pérez Torres no buscó nunca el reconocimiento social. Además, explica Gregorio Díaz, comisario de la muestra, su aprendizaje técnico en Madrid produjo un efecto pernicioso en su pintura, replegando la espontaneidad y generando un estancamiento creativo derivado de su ansia de perfección.

Pérez Torres no sólo dejó atrás la autenticidad de los tipos costumbristas que reflejó con elegancia y verismo (pastores, agricultores, burgueses, pícaros o frailes) en sus primeras décadas de creación, sino que se replegó en su tarea docente y en su estudio. En vida, apenas vendió sus cuadros y fueron innumerables las veces en que rechazó tal posibilidad ante los clientes interesados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de noviembre de 2001