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COLUMNA

Lotería y vacuna

Dos hombres hablaban en el autobús. El más alto dijo:

-Yo me vacuno todos los años porque soy grupo de riesgo.

Se me quedó en la cabeza la expresión 'soy grupo de riesgo', porque me pareció una afirmación excesiva. Otra cosa sería decir 'pertenezco a un grupo de riesgo'. Por la tarde fui a la consulta del médico y había 20 o 30 personas esperando. Hablaban de catarros y de temperaturas. Todo el mundo estaba de acuerdo en que debería de hacer más frío para las fechas en las que nos encontramos.

-Este tiempo es un caldo de cultivo para toda clase de enfermedades, dijo una señora.

Me quedé fascinado porque era una frase que mi madre decía todos los años en primavera y en otoño, con independencia de cómo fuera la situación atmosférica. Yo me imaginaba el caldo de cultivo como una sopa de fideos y me daba asco tomarla. Todavía hoy, cuando me sirven un consomé al jerez, digo para mis adentros: 'caldo de cultivo'. 'Grupo de riesgo' y 'caldo de cultivo': dos expresiones inquietantes.

-Pues yo, desde que han cambiado la hora, no concilio el sueño, dijo un señor extremadamente delgado, con un bigote que se le salía de la cara.

-Aquí nos contagiamos unos a otros, añadió la señora del caldo de cultivo.

Empecé a ahorrar movimientos respiratorios y comprobé que la mayoría de la gente hacía lo mismo. Visualizábamos las bacterias y los virus volando de un extremo a otro de la sala en busca de unos labios abiertos o unas fosas nasales despejadas. Algunas personas sacaban los pañuelos como para sonarse, pero los utilizaban a modo de mascarillas. Cogí un periódico y leí que la Guardia Civil había incautado 24.000 bolígrafos Bic falsos fabricados en China en un almacén de Fuenlabrada. De súbito, Hong Kong y Fuenlabrada eran casi la misma cosa. Qué aturdimiento.

Todo transcurría demasiado despacio. Me levanté y le dije discretamente a la chica de la entrada que sólo había ido a ponerme la vacuna de la gripe, porque era grupo de riesgo.

-Para eso no le tiene que ver el médico -me dijo-. Cómprese una en la farmacia y vuelva a que se la ponga el ATS.

-¿No necesito receta?

-En absoluto, si usted se encuentra bien, puede ponérsela ahora mismo.

-Si me encuentro bien en qué sentido.

-¿No tiene síntomas de resfriado o de gripe?

-Pues creo que no.

Encontré una farmacia al lado mismo de la consulta y pedí una vacuna. La dependienta se echó a reír.

-No nos queda ni una -dijo-, no hay vacunas en todo Madrid.

-¿Y eso?

-Fabrican pocas porque las que no se venden las tienen que devolver.

-Es que soy grupo de riesgo, añadí con cara de lástima, y este tiempo es un caldo de cultivo para la gripe.

Entonces salió de la trastienda una chica y dijo que tenía de casualidad una vacuna en la nevera. Se la estaba guardando a un señor que se había muerto. Me costó 1.015 pesetas.

-Le doy las quince, dije, porque me gusta esa expresión.

Nunca me ha tocado la lotería, así que estaba asombrado de que me hubiera tocado la vacuna. Lo malo es que según entraba en la consulta empecé a tener síntomas de faringitis. Dudé si debía ponérmela o no. A lo mejor, valga la paradoja, me ponía peor. Finalmente, decidí arriesgarme.

El ATS se quedó asombrado al verme entrar.

-¿De dónde ha sacado esa vacuna?, preguntó.

-Me ha tocado en la lotería, dije.

-Es que no queda ni una en todo Madrid. El otro día conseguí una para mi mujer en el hospital a base de pedir favores. Mi mujer y yo somos grupo de riesgo los dos.

-Mi mujer y la mía también, dije para no ser menos.

Me puse la vacuna y pasé una noche fatal. Al día siguiente tenía la garganta irritada. El prospecto decía que estaba hecha a base de huevos de virus muertos. No logré discernir si los huevos habían sido puestos por unos virus muertos o si habían matado de algún modo a los virus en el interior de los huevos. Por lo demás, tengo desajustes de sueño por el cambio de hora y Soraya ha fallecido. Yo estuve absurdamente enamorado de esa princesa cuando era adolescente. Y todavía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de noviembre de 2001