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Crítica:POP | MUSE

Enormes dosis de virtuosismo

La nueva sensación del rock británico llega de la mano de este trío liderado por un virtuoso de apenas veintitrés años, Matthew Bellamy. Tocado por la mano de los dioses, este chico toca sus instrumentos con auténtica furia y canta con unas posibilidades vocales muy por encima de lo que suele ser la media habitual del estilo.

Ya en su pasada intervención en Festimad, el grupo daba una vigorosa muestra de cómo se revitaliza el más visceral rock en la tradición inglesa de un neo-glam que podrían compartir perfectamente con sus contemporáneos Placebo.

Rock angustioso, hiriente, agresivo, con ataques de furia pianística y de catarsis guitarrera, perfectamente complementados por una base rítmica acorde y cuyo único defecto puede que sea, quizá, sonar a un volumen mucho menor del que lo hace Matthew Bellamy.

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En su último concierto en Madrid, la banda dio grandes sorpresas. La primera fue la de llenar un recinto con un precio de entrada bastante respetable para ser una banda desconocida.

En segundo lugar, la puesta en escena, con unas ingeniosas cámaras de vídeo situadas en el mástil de la guitarra, al final del teclado del piano o junto al pedal del bombo, para ofrecer al público unos extraños planos de los dedos del músico en plena ejecución.

Poderosas canciones

A ello hay que añadir las poderosas canciones de un trío que subyuga sin necesidad de innovar demasiado.

La banda presentó los temas de su segundo elepé, Origin of simetry, que en muy corto espacio de tiempo han pasado a convertirse en objeto de culto por parte de una juventud que sigue buscando cosas en música; cosas con el indudable mérito de la dificultad instrumental que Bellamy resuelve con enormes dosis de virtuosismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 17 de octubre de 2001