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Tribuna:

¿Respetar la ley?

Tras la conmoción viene la reacción. El terrorismo ha golpeado duramente a Estados Unidos y a sus ciudadanos. Y, en ellos, todos hemos sido golpeados. De algún modo, cuando una mujer o un hombre sufre, todos sufrimos. Es verdad que, habitualmente, no lo sentimos. Pero a todos nos afecta: es la humanidad la que sufre.

Y entonces viene la reacción. Gran ofensa, gran reacción. Pedimos justicia, justicia infinita para una ofensa que se nos ocurre infinita. Pero, ¿justicia por encima de la ley?

He pedido consejo a un experto: Tomás Moro, Gran Canciller de Inglaterra en tiempos de Enrique VIII. Él era un hombre de leyes y, quizá por eso, tenía una gran confianza en la ley. O mejor, conocía suficientemente a los hombres como para desconfiar de nuestras buenas intenciones. La ley, también las leyes humanas e imperfectas, son nuestro refugio. Permítame el lector que reproduzca, con cierta libertad y quitando algunos párrafos, un trozo de una formidable obra de teatro de Robert Bolt, que dio lugar a una gran película, Un hombre para la eternidad (A Man for All Seasons es el título original de la obra de teatro y de la película).

Richard Rich, el hombre cuya traición llevaría a Moro a la muerte, acaba de salir de escena, profiriendo amenazas veladas. William Roper, el futuro yerno de Moro, le dice: '¡Hazle arrestar!'. Moro: '¿Por qué?'. 'Por difamación. Es un traidor'. Margarita, la hija de Moro, añade: 'Padre, es un hombre malo'. Moro contesta: 'No hay una ley contra esto'. Roper: 'Sí, la hay. La ley de Dios'. Moro: 'Entonces, que Dios le arreste'. Roper: '¡Eso es sofisticación sobre sofisticación!'. Moro le responde: 'No, es mucho más sencillo. Yo sé lo que es legal, no lo que es correcto. Y yo me atendré a lo que es legal'. Alicia, la mujer de Moro, interviene: 'Mientras tú hablas, Rich se ha marchado'. Moro: 'Pues que se marche, así sea el mismísimo diablo, mientras no haya violado la ley'. Roper: 'Pero, ¿tú darías al diablo el beneficio de la ley?'. Moro: 'Sí. ¿Qué harías tú? ¿Te saltarías la ley para coger al diablo?'. Roper: '¡Me saltaría todas las leyes de Inglaterra para lograrlo!'.

Moro le responde: '¡Oh! Y cuando hayas destruido la última ley, y el diablo dé la vuelta y vaya a por ti, ¿dónde te refugiarás, Roper? Este país está sembrado de leyes de costa a costa: de leyes de hombres, no de leyes de Dios. Y si tú te las saltas, ¿piensas que podrás mantenerte en pie cuando soplen los vientos que tú mismo habrás levantado? Sí: daría al diablo el beneficio de la ley... para mi propia seguridad'.

Tomás Moro no tuvo esa seguridad: el diablo se encargó de que sus enemigos elaborasen una ley que él no podía aceptar. Y, al final, le cortaron la cabeza.

Esto quiere decir que la ley no es el criterio último de actuación: debemos, sí, cumplir la ley, pero... la ley se puede manipular. Y entonces estamos actuando como Roper proponía: contra el mal, contra los delincuentes, contra los terroristas, contra los enemigos -el fin es bueno, decimos-, pero fuera de la ley, si hace falta -y esto no es bueno. O manipulando la ley, que viene a ser lo mismo, aunque más elegante.

'Yo sé lo que es legal, no lo que es correcto', pone el autor en boca de Moro. No es verdad. Él sabía lo que era correcto o bueno: tan bien lo sabía que llegó a dar su vida por ello. Él sabía que hay que hacer lo que es bueno, pero sabía también que él no podía juzgar sobre lo que es bueno o malo, porque, añade en una frase que yo he omitido, 'yo no soy Dios. Yo no puedo navegar por las corrientes y remolinos de lo que es bueno o malo, que tú encuentras tan fáciles de recorrer'.

Moro sabía que él no podía imponer a otros su criterio sobre lo que es bueno o malo. Rich era malo -y la historia lo demostró. Moro sabía que Rich era malo: no sólo un peligro para él, sino para todos los ciudadanos.

Pero Moro sabía también que él no era Dios y no podía juzgara Rich, ni actuar contra él, porque Rich no había hecho nada contra la ley. Si Moro hubiese actuado contra Rich fuera de la ley, los demás podían también actuar contra Moro fuera de la ley. Y si Moro hubiese manipulado la ley para ir contra Rich, los demás podían también cambiar la ley para ir contra Moro. Y eso fue lo que hicieron.

Moro era honrado, y no quiso hacer algo que hubiese podido ahorrarle problemas, pero que era, sencillamente, inmoral. Moro acabó en el patíbulo, y no sé exactamente qué le pasó a Rich, pero a mí me parece más digna de ser vivida la vida de Moro que la de sus enemigos. Y hace menos de un año Juan Pablo II declaró a Tomás Moro patrón de los políticos. Porque éstos, según parece, tienen cosas importantes que aprender de aquel hombre que vivió apasionada, honrada y ejemplarmente una época no menos difícil que la nuestra.

Antonio Argandoña es profesor de Economía en IESE.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de septiembre de 2001