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REDEFINIR CATALUÑA

Ada

Otra vez el gris. Ese gris que se convierte en un único color que tiñe las casas, las calles, la mirada de la gente. Esta ciudad de la Siberia central, desde donde estoy viviendo la emoción de culminar favorablemente la adopción de mi hija Ada, es también el paisaje de un dolor intenso. Los descendientes de esos 35.000 deportados que construyeron de la nada este simulacro de vida pasean su presente sin futuro delante de nosotros. Y, si me permiten la concesión, a pesar de sentirme realmente feliz -ciertamente la vida es bella cuando una niña de un año te sonríe por primera vez-, me siento también profundamente triste. Quizá es la incomodidad de saberme rica entre pobres, llena de excesos entre tantas carencias, borracha de oportunidades en un paisaje de almas sin ninguna oportunidad. Ada, mi pequeña baixquir que nació de un vientre asustado por su dios musulmán y fue abandonada a los cinco días, tiene mucho más futuro que la preciosa joven que hoy nos sirve el café. Su cuerpo delicado, sus ojos azules, sus piernas largas, su inteligencia viva... y sin embargo sólo aspira a conocer a un occidental que la saque de aquí. El matrimonio, ¿una forma de prostitución? Como tantas y tantas veces a lo largo de los siglos. Y si fuera el matrimonio... Corretean por las noches, en el vestíbulo de este intento de hotel, tantas niñas-mujeres que satisfacen los cuerpos de los nuevos ricos -'mafias', nos dicen en un susurro-, que hasta el alma me llora de vergüenza propia. La vergüenza de pertenecer a un mundo que ha hecho esto. Que ha permitido esto. Que permite esto.

Magnitogorsk. El nombre, para mis oídos latinos tiene algo de fascinante, con su eco exótico, su música lejana, su misterio. Ciudad heroica desde cuyas fábricas salieron miles de tanques rusos de la II Guerra Mundial, y mito en la memoria de todos los rusos con memoria, no es, sin embargo, ni mito, ni héroe, ni misterio. Es sólo el paradigma de una ciudad derrotada, metáfora de una derrota más profunda, la de una idea noble que trastocó en pesadilla. Y ahora, como si fuera una gran cárcel al aire libre, alberga el resultado de ese profundo fracaso: miles de vidas que viven hacia ninguna parte.

Tengo que hablar de Cataluña, me digo mientras voy escribiendo estas líneas. Ese es el compromiso de este espacio periodístico que suscribo con confesable satisfacción. Pero, ¿no lo estoy haciendo ya?, ¿no es nuestro mundo, todos los mundos?, ¿no tenemos la radical e imperativa obligación de pensar en global, de comprometernos en global?, ¿no es esta chica triste -'criatura dolcíssima', me recuerda Lluís Llach en el subconsciente- mi vecina, mi compañera, mi amiga?, ¿no es su tristeza, mi tristeza? Su derrota, mi derrota... ¡Mi pequeño, lindo país, evocado ahora en la distancia con todo el cariño que a pesar de los pesares le tengo! Sin embargo, ¡qué mezquino si lo imagino en singular! Y ¡qué impertinente si lo imagino en posesivo! Su historia, su vida, su memoria interior, esa lengua que palpita desde sus entrañas, todo tiene sentido si es el paisaje primero de todos los paisajes. Si las adas caben en él.

Hablaré de Ada, incapaz de razonar sobre lo mundano doméstico, desde esta Siberia lejana y torturada. Me la imagino en Cataluña, en casa, mirando al mundo desde sus ojos rasgados y su ya densa memoria, memoria de lo que no ha tenido, de lo negado. Ayer dio su primer paseo por la calle y fue también, en cierto sentido, nuestro primer paseo. ¡Qué mirada devoradora de mundo, ávida de lo no visto nunca! Sonríe desde hace dos días y ello es también una novedad. Lentamente vamos forjando las letras de la gramática que nos unirá para siempre, y aunque avanzamos con extrema delicadeza, como si fuera una tímida melodía, puedo tocar con los dedos su transformación. Sólo quería una vida, y empieza a saber que la va a tener. Metáfora de todos los niños que, como ella, nacen en el sitio equivocado, fuera del tiempo que regula nuestro tiempo de opulencia, Ada es mi hija, pero es también hija de la miseria, de la marginación, del abandono. Hay miles de adas en esta lejana Rusia que antaño tuvo ideales y hasta utopías, y hoy tiene ciudades tan rotas como sus sueños. Miles de niños que viven fuera de lo que abarca nuestra mirada rica, en las sombras de la consciencia.

En pocos días, si ningún demonio extraño se cuela por los pasillos de la espesa burocracia rusa, Ada pisará suelo catalán, su nueva tierra. Para ella sueño y lucho una Cataluña que sea el ojo a través del cual miramos al mundo, un país solidario, comprometido con la idea pura de la solidaridad, antes de que el concepto se hubiera contaminado con tanto uso frívolo. Pero no sé... La tentación de la intolerancia, el mecanismo atávico del miedo que levanta muros de rechazo en las fronteras de los pueblos, está activado en este viejo país y nada nos permite garantizar que nos libraremos del racismo. ¿Nos hemos puesto realmente a trabajar para vacunarnos? De ninguna manera.

Siberia, tierra de exilio, de dramas callados, país olvidado. Nacida en la república fronteriza, Ada vive aún aquí porque en su nación no hay orfanatos: 'Siempre encontrarás detrás de ti a un pobre más pobre que recoge las hierbas que tú has tirado...', dice el viejo cuento. Ya sonríe. Que sea su sonrisa la puerta de entrada a la esperanza, el amuleto contra el miedo. Y cuando esté en casa, que sea ella Cataluña. La Cataluña que mira alto, que sueña más alto. Porque si ella no es Cataluña, Cataluña no es nada.

pilarrahola@hotmail.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de septiembre de 2001