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Camino del Mundial de 2002 | FÚTBOL

El éxito y las dudas

Movida por un juego tan visceral que podría denominarse como fútbol macho, Argentina logró la capitulación de Brasil, pues este partido tuvo mucho de campaña militar. Los argentinos conquistaron la victoria metro a metro, con una determinación casi delirante, sin conceder tregua alguna a un rival que sufrió un ataque de pánico en el segundo tiempo. La victoria refuerza la idea de un equipo emergente frente a otro que no encuentra una vía de salida a la crisis. Brasil fue incapaz de articular algo de juego, víctima de la indefinición que arrastra. Hace tiempo que no existe un modelo brasileño, déficit gravísimo en el país que se había creado la identidad más fuerte del fútbol mundial. Sin referencia a su viejo estilo, y a ningún otro, Brasil tuvo que aceptarse como un equipo pequeño. Antes de refugiarse en su área, se involucró en un cuerpo a cuerpo que privilegió el partido que quería Argentina.

Si el encuentro midió el carácter de los argentinos, y la falta de carácter de los brasileños, también ofreció algunas lecturas futbolísticas, no todas optimistas para el equipo de Bielsa. Argentina no puede convertir el recurso en método. Su incandescente despliegue de energía le sirvió como recurso frente a un rival que se achicó visiblemente. Es cierto que también se observó una superior organización argentina, lo que se tradujo en una presión más eficaz y en la rápida recuperación de la pelota, especialmente en el segundo tiempo, tras el cambio del lateral izquierdo Placente por Ortega. La ganancia se produjo en dos aspectos. Argentina se sintió más cómoda con el nuevo dibujo táctico, con tres defensas en lugar de cuatro, y añadió con Ortega el punto necesario de habilidad y engaño que le había faltado en un fútbol demasiado frontal y percutidor.

Al equipo de Bielsa le faltó claridad, probablemente porque sintió que el partido demandaba otra cosa, pero también porque fue víctima de la naturaleza de sus jugadores. Zanetti, Simeone y Kily González son lo que son: jugadores de asalto que condicionan decisivamente el juego de Argentina, sobre todo si no encuentra algo de arquitectura en el medio campo. Para eso resulta necesario un tipo de futbolista con la suficiente personalidad para resistirse al impulso visceral del equipo. Por ahora, a Aimar le cuesta cumplir con ese papel. Se movió perplejo y desarmado en medio del arrebato del equipo. Si antes del encuentro parecía un jugador atribulado por su altísimo grado de autoexigencia, lo más probable es que sus dudas hayan crecido a la vista de lo que sucedió. Es curioso que, a pesar del éxito de Argentina, el gran triunfador del partido fue uno que no jugó: Verón. A diferencia de Aimar, Verón tiene la seguridad de carácter para no dejarse llevar por la marea simeonista y dar alternativas a un equipo demasiado directo.

Si Verón se acreditó más todavía pese a no jugar, hubo alguno que jugó y salió perjudicado. A Placente no le alcanza el rango, según lo que se vio frente a Brasil. Pero la presencia de Sorín convierte ese problema en un asunto menor comparado con el debate sobre los porteros. Volvió Burgos y fracasó. No sólo cometió un error grave en el inaudito gol brasileño, sino que pareció sobrepasado por los acontecimientos. Fue vulnerable en el plano emocional y en el técnico. Se colocó mal, midió peor y dio una sensación extrema de inseguridad. No es la mejor noticia para un equipo que busca portero desesperadamente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de septiembre de 2001