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VISTO / OÍDO

El sexo y el deber

A mí me parece claro que Milingo no pueda ser arzobispo y marido casado por otra secta diferente: por eso entiendo que una profesora española de religión no pueda casarse con un divorciado. Contra lo que estoy es contra la existencia de esas leyes inicuas. Generalmente, contra la extensión de la Iglesia a los laicos; pero entiendo que Milingo aceptó contratos, convenios, juramentos, y el Vaticano tiene razón. Lo de las clases de religión en España es aberrante: no son de religión, sino de catolicismo; son obispos los que eligen los profesores y el Estado -el pueblo, digamos- el que paga y recibe esa catequesis, esa doctrina, ese infierno. Es el Estado español, y su actor, el Gobierno talibánico, quien cumple esta incultura opresiva. Está por 'el opio del pueblo', que decía el otro.

Son cosas del sexo: estamos en el poscatolicismo, pero no en la pos-sexualidad. Todo lo contrario. El caso del príncipe maduro que quiere casarse (si es que quiere, porque no se sabe nada) para engendrar en ella un sucesor de la monarquía, y con otras no quiere, es parecido. Parece que como viene sucediendo con sus antepasados -y con los de las distintas casas reales, véanse los Windsor, -debe engendrar con hembra de sangre real, la cual sangre, sin embargo, no existe. No resiste a los laboratorios. Los antepasados lo resolvieron siempre de alguna manera colateral: tenían amantes, hombres o mujeres, a veces en gran número, de los que gozaban sexo, simpatía, gracia y bromas dulces. Todavía se hacen películas y novelas con sus biografías. Por lo que respecta a España, prefiero los relatos de Valle-Inclán: El ruedo ibérico. Parece que en estos tiempos ellos prefieren otra franqueza: reunir su elección personal con su trabajo. Como Milingo o la maestra. También es normal que los monárquicos de la fe, como los católicos, no acepten bodorrios, como dicen. Son los republicanos los que pretenden que cada uno se case con quien quiera.

Les ha costado mucho llegar a un cierto amor libre como para perderlo ahora. Lo lógico sería que no quisieran clases de catequesis obligatorias, ni Iglesia católica institucionalizada, ni monarquía, y que los asuntos amorosos y por lo tanto sexuales de los afectados no les importasen nada. Una república laica sería muy interesante. Pero ya que no pueden ni quieren, que dejen que los muertos entierren a sus muertos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de septiembre de 2001