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Editorial:

Milingo, 3: el desenlace

El arzobispo de Lusaka, Emmanuel Milingo, ha concluido su gran escapada. Ha vuelto al seno de la Iglesia católica y la pasada semana consumó oficialmente la ruptura de su enlace matrimonial con la acupuntora surcoreana María Sung. En el único contacto directo entre ambos desde que el prelado fuera persuadido para que regresara a la Iglesia y abandonara a su esposa, Milingo acudió a un hotel cercano al Vaticano para convencer a Sung de que renunciase a sus protestas porque su decisión era definitiva. Milingo llegó al establecimiento con varios acompañantes, entre los que se encontraba el portavoz del Vaticano.

Todo hace pensar que las autoridades de la Santa Sede querrán que la opinión pública olvide este asunto cuanto antes. Pero es improbable que otorguen mucha libertad de movimiento al causante del escándalo. Si ya antes de su matrimonio el controvertido arzobispo era sospechoso a ojos de la curia, sobre todo por sus prácticas exorcistas y curanderas, es de suponer que ahora el Vaticano lo considere un testigo incómodo.

Porque el asunto ha arañado seriamente la imagen de la Iglesia católica. Por una parte, la figura de una mujer abandonada por quien ella consideraba su marido ha replanteado la cuestión, presente ya en las biografías de los apóstoles, de la contradicción latente entre la moral meramente humana y la religiosa. También aviva la discusión, nunca del todo apagada, del celibato de los clérigos. Y supone, sobre todo, un desafío a la autoridad de la Iglesia: es muy fuerte que (nada menos que) un arzobispo se case y (nada menos que) por el rito de la secta Moon. A cambio, el desenlace ha demostrado que, por grande que sea la capacidad de persuasión de esa secta, famosa precisamente por su habilidad para lavar cerebros, la de la Iglesia es mayor. No en vano se trata de una institución con 2.000 años de experiencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de septiembre de 2001