Amor (4)

La madre lanzaba de vez en cuando miradas de reproche que no inmutaban a nadie, como balas de fogueo. El padre las esquivaba parapetado detrás de las cartas o encogiéndose de hombros. Y el chaval se había hecho invisible entre la bruma de tabaco que invadía la sala y que se acampanaba en nube densa sobre la ciénaga de la mesa. En camiseta, sudorosos, como una cuadrilla de soldados cansados, pero tercos, el padre y sus amigos encaminaban la partida de tute hacia el alba. Uno de ellos, el que llamaban Curtis, agitó el tronco seco de una botella de whisky. La inclinó y todos esperaron la última gota como una prueba de la que dependiese el orden del universo. Curtis, lo sabían de otras noches, era un hombre imprevisible. Lo que prestaba ahora, dijo chasqueando la lengua, era algo de comer.
Habían cenado horas antes. Los platos todavía estaban apilados en el lavabo de la cocina. ¡No hay nada que rascar!, exclamó la madre, como si tratara con prófugos. Algo habrá, dijo Curtis. Siempre hay algo. Y luego preguntó, señalando la pecera: ¿Cómo se llama ese pez, chaval? Dragón Dorado, respondió el crío con pánico. El padre encontró un bote de aceitunas en la alacena. La carne más rica es la de la iguana, dijo de pronto Curtis. Sin duda alguna. Pero lo más raro que comí fue la piraña grande, el capaburros. Hay que freírla en la manteca de sus tripas, como hacen los indios del Orinoco.
Dejaron la baraja a un lado y hablaron de comida. La madre se había puesto a fregar el suelo bajo la mesa, para echarlos. Pero eran gente bregada. Y todos habían probado cosas muy extrañas. Desde hostias a granel a guiso de caimán. El único que permanecía en silencio era Lens. Era también el único que no estaba descamisado. Siempre vestía como un dandy. ¿Y tú, Lens? ¿Qué fue lo más raro que te comiste? Era tardo en hablar. Por fin, escupió dos huesos de aceituna en la palma de la mano y los mostró como un tosco jeroglífico. Entonces, ¿es cierto eso que cuentan?, preguntó Curtis. No tuve más remedio, dijo Lens. Nos habíamos encariñado. Yo y aquella chica rumana del club. Y un cabrón le cortó de un tajo un dedo del pie. La marcó como a una esclava. Lens cerró el puño. Esto, sentenció, que no salga de aquí. Pero, ¿qué pasó?, preguntó el chaval. Nada. Que se comió un par de huevos, dijo Curtis desperezándose.
El alba asomaba.
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