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COLUMNA

El muro de agua

En la madrugada del 13 de agosto de 1961 se inició la construcción del Muro de Berlín. Era de madrugada cuando alguien puso la primera piedra de lo que con el tiempo sería conocido, entre otros calificativos, como el muro de la vergüenza. Un muro que dividió Alemania, sí, pero también Europa y, más aún, el mundo en su totalidad. Eran los tiempos del eje Este-Oeste, tiempos de guerra fría por aquí arriba y de guerras calientes por allí abajo (guerras de baja intensidad como las denominaron estrategas de por aquí, ya que los muertos los ponían los de allí). Ventiocho años de muro dejaron un total de 267 muertos directos, asesinados cuando buscaban la manera de atravesarlo. Muertos llorados y recordados, como es de ley. Víctimas del totalitarismo, elevados contra su voluntad a mártires de la democracia. En fín, víctimas. Pero ya fue derribado el muro que dividía Europa y con su caída, parece, se acabaron los tiempos de la vergüenza.

Sin embargo la división persiste; una división que, acaso, estrategas de por aquí consideren, siguiendo la costumbre, de baja intensidad: al fin y al cabo, los muertos siguen poniéndolos los de allí. Y es que un nuevo muro de la vergüenza se alza en nuestros días, un muro de agua y de indiferencia que divide Norte y Sur. La preocupación ética, entendida como preocupación por las consecuencias que nuestras acciones tienen sobre otras personas, es un fenómeno que tiene que ver con la aceptación de esas otras personas como legítimos otros para la convivencia. Pero la preocupación ética nunca va más allá de la comunidad de aceptación mutua en que surge. La mirada ética no alcanza más allá del borde del mundo social en que surge. Por eso las fronteras nacionales son, sobre todo, fronteras éticas.

El 2 de agosto de 1999 fueron descubiertos en el tren de aterrizaje de un avión belga los cadáveres de dos niños guineanos. Se llamaban Yaguine Koita y Fodé Tounkara. Sólo querían encontrar en Europa aquello que en África no encontraban: educación, alimento. Entre sus ropas se encontró una carta en la que suplicaban ayuda apelando, sobre todo, 'al amor que tienen ustedes por sus hijos a los que aman para toda la vida'. No sospechaban que ese amor incondicionado se agota en los nuestros, y ellos son (eran) los otros.

Escribían Quintanilla y Vargas-Machuca en esa contribución a la autodefenestración del socialismo español que fue La utopía racional: 'El socialismo del futuro no debe esperar nada de los profetas ni exigir de nadie que esté dispuesto a dar su vida por los demás. Más bien habrá que dedicar todos los esfuerzos a descubrir los procedimientos más eficaces para esa ingeniería de la igualdad que constituye el núcleo de la utopía socialista'. Ciertamente, eso de dar la vida por los demás suena muy fuerte, y probablemente sea cierto que se trata de una exigencia extraordinaria y excepcional. Pero lo terrible no es que seamos reacios a dar nuestra vida; lo terrible es lo mucho que nos resistimos a introducir en ella los cambios necesarios para que todas las personas puedan disfrutar de lo imprescindible para llevar una vida humana. Lo terrible es que pensemos que es posible seguir manteniendo nuestra propia humanidad cuando vivimos comodamente instalados en la parte buena de Auschwitz, en la parte de los salvados, contemplando al otro lado de la alambrada la lenta agonía de los hundidos. Lo terrible es que nos empeñemos en ennoblecer aquello que Primo Levi descubriera horrorizado en los campos de exterminio nazis: 'Ofrézcase a algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndoles a cambio la traición a la solidaridad natural con sus compañeros, y seguro que habrá quien acepte'.

Tengo sobre mi escritorio un trozo de hormigón pintado procedente del Muro de Berlín que me trajo mi amigo Carlos. Tengo también un trozo de madera que arranqué yo mismo de una patera destrozada en Tarifa. Más dura es el agua...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de agosto de 2001