Amor y muerte
Poco a poco van llegando a Barcelona autores europeos de las nuevas generaciones. Autores probablemente no geniales pero que aportan una mirada necesariamente distinta sobre el mundo que nos rodea. Empecinados, muchos de ellos, en mostrarnos un cierto tipo de marginación, en el fondo romántica, que permite un análisis, una crítica, de los mitos contemporáneos. Xavier Durringer (París, 1963), analiza el mito del amor en Ball trampa utilizando para ello a cuatro jóvenes que cabría situar en lo más bajo de la escala social, a un paso de la indigencia, en aquel lugar donde el fracaso ante todo lo socialmente deseable empieza a ser una evidencia irrefutable.
Cuatro personajes a los cuales lo único que les queda en la vida es una última ilusión, un último engaño, el del amor, la creencia en una felicidad que puede abrirles las puertas del paraíso. Una ilusión que Durringer plantea en dos momentos, cuando está a punto de romperse el encantamiento y en el momento mismo en que se produce. Así, Durringer lleva a escena dos parejas. Una, Lluïsa Castell y David Bagés, a punto de romper, tratará de recomponer su relación acudiendo al mismo lugar donde se enamoraron. La otra, Gabriela Flores y Nacho Fresneda, se conocerá allí mismo, esa misma noche, y saltará la chispa. En realidad, podría ser incluso la misma pareja en dos momentos de su vida, pero, tal como las presenta Durringer, es un encadenamiento de desencuentros. También los que acaban de enamorarse darán algún día la alternativa, en su desengaño, a los que se enamoren. Un círculo vicioso.
Tal vez lo más interesante que plantea Durringer sea la interpretación que él da a los malos tratos. Tras la última ilusión sólo queda la muerte, la destrucción del mundo en el otro, siempre el más débil, un suicidio impotente. El responsable último es el mundo que los rodea, generador de los mitos imposibles, la fábrica de los sueños que hace girar la tierra cotidianamente pero que acaba provocando la más profunda infelicidad.
Carme Portaceli, la directora, hace un buen trabajo. La dificultad está en que los actores hagan que las palabras surjan de modo natural. Durringer escribe diálogos convencionales, muy bien trabajados, no opone más resistencia al director que la de la verosimilitud. Las dos parejas están correctamente planteadas. Ya sobre el papel es más viva, más real la que interpretan Lluïsa Castell y David Bagés, porque siempre es más interesante el drama (explosiones de odio, celos, angustia ante la soledad) que el enamoramiento (ese estado de imbecilidad transitoria, en palabras de Ortega y Gasset). Tal vez falte, en el amor, incluso algo de magia. Pero el problema es de texto. La escenografía, una pista de baile en la madrugada, acabada ya la fiesta, cumple a la perfección su cometido. Un lugar de paso, de encuentros, desencuentros, un lugar para la lucha del amor, un ring.
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