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El alemán Veit Helmer debuta con una fábula sobre el progreso

'OK', 'stop', 'papa' y pocas palabras más son las que se pronuncian en el primer largometraje del director alemán Veit Helmer. Su título, Tuvalu, remite al paraíso soñado. De los sueños y de 'su poder para conducirte a una utopía', según el realizador, habla esta historia que se desarrolla en unos antiguos baños que se caen a trozos y cuyo dueño cree que siguen en pleno funcionamiento. El filme se estrenará el próximo viernes.

Casi todo, en Tuvalu, remite a las películas anteriores al advenimiento del cine sonoro, sobre todo la actuación sumamente expresiva del reparto, encabezado por el francés Denis Lavant y la rusa Chulpan Hamatova. También por la ausencia, matizada, de color. 'La película se hizo con métodos tradicionales porque, entre otras cosas, trata de las dificultades con que los humanos se adaptan al cambio de los tiempos', afirmó ayer Helmer en Barcelona. 'Hoy en día, en las películas lo habitual es ver a gente hablando sin parar, con lo que se ha perdido el poder sugestivo de lo visual'. A pesar de ello, el director se resiste a calificar Tuvalu como una película muda. En ella, el sonido, sobre todo el del motor que hace funcionar la piscina, forma parte indispensable de la acción.

Tuvalu, rodada en Bulgaria, debe su nombre a un archipiélago polinesio. Es el destino con el que sueñan los dos protagonistas de la película. Lavant, capaz de adaptarse a los personajes más inquietantes, se transforma en el filme de Helmer en un soñador romántico sometido por su padre, a quien mantiene con la ilusión de que la piscina sigue a pleno rendimiento. Pero está enamorado de Hamatova y quiere surcar los mares con ella a bordo de un destartalado barco. Según el director, Tuvalu se puede ver también como el paso a la edad adulta del protagonista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 18 de julio de 2001