Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Guerra

Una simple disputa de cafetería entre dos poetas, como Joan Fuster y Xavier Casp, cebada por el repertorio de recelos propios del cosmos lírico, derivó en un socavón civil denominado La Batalla de Valencia. Lo que apenas eran diferencias derivadas de una fricción de protagonismos, a la muerte de Franco se convirtió en un juego de cuchillos muy afilados. La confusión del final de la dictadura, el candor de algunos papeles escritos desde un absoluto elitismo altivo, el tradicional sentimiento de rivalidad con Cataluña y el reflejo del franquismo, que encontró en el anticatalanismo la fórmula magistral para blanquear su oscuro pasado, hicieron casi el resto. Sólo faltó la codicia de un partido político, la UCD, que vio en la agitación de este fantasma un instrumento de desgaste político contra el PSOE para mantenerse en el poder, aun a sabiendas de que se estaba realizando un daño irreparable a la sociedad valenciana. Debajo de las altas gestiones de Fernando Abril Martorell y Manuel Broseta y de la soflama diaria de Las Provincias prosperaron los despachos de organización de agitadores para aporrear a las autoridades en los actos públicos, mientras la trama militar sembraba de bombas las puertas de las librerías y las casas de Joan Fuster y Manuel Sanchis Guarner. El resultado inmediato fue la división de la sociedad y el atasco del Estatuto de Autonomía, que quedó relegado a la vía ordinaria del artículo 143, frente a las comunidades históricas que accedieron por la vía del 151. Los ecos de este encabritamiento absurdo comportaron el descrédito de los valencianos ante el resto de España y la consiguiente pérdida de influencia en las esferas de poder de Madrid. Asimismo, la mayoría de instituciones democráticas optó por no utilizar el valenciano en sus manifestaciones para evitarse situaciones embarazosas con efectos electorales. Esa malversación política acabó criminalizando a autores literarios y haciendo que el mundo de la producción y de los servicios no incorporara la lengua escrita a sus negocios y se alejara de ella por ser una fuente de conflictos que podía afectar a sus intereses. Sin embargo, el jueves Xavier Casp dijo que había perdido una guerra, como si todavía se tratase de un asunto propio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de junio de 2001