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Tribuna:

Ruido, normativa y concienciación

Hace pocos días apareció en prensa un artículo del consejero de Medio Ambiente titulado El ruido y la calidad de vida. En él reconocía lo ruidosas que son nuestras ciudades y en qué medida el ruido es un problema que nos afecta a todos y que hay que resolver. Anunciaba que se estaba elaborando un proyecto, Evaluación y Gestión del Ruido Ambiental, que se pondría en vigor con una normativa regulada que haría posible tanto prevenir el exceso de ruido como corregir el existente.

Vaya por delante mi reconocimiento ante tan positivo, esperado (desde hace años) y necesario intento. Quizás algún día este grave problema sea tomado en serio desde la Administración. Y estaremos de enhorabuena. Pero también me pregunto por qué, mientras se espera la terminación del proyecto, no se aplica la normativa existente. Creo que intentar hacer cumplir las normas y leyes vigentes sería una cosa saludable (al menos comprenderíamos que sirven para algo), calmaría realmente en una parte importante el ruido de esta ciudad e iría haciendo camino para la puesta en vigor del proyecto anunciado. Sería una sustanciosa conquista el conseguir ahora que no se sobrepasaran los decibelios establecidos como máximos desde hace años.

Tenemos ruido, molesto o infernal, en la calle, generado sobre todo por un tráfico abusivo que se cree con derechos adquiridos sobre el peatón (y en verdad los tiene, no sólo por su fuerza motorizada sino por la benevolencia sin límites de nuestro Ayuntamiento en cuanto a circulación de coches, sobre todo los privados). Al rugido de los motores, acelerones, etcétera, se agrega el plus ofrecido por un alegre batallón de motoristas que petardean fogosamente gracias a que llevan el escape libre (por cierto prohibido, pero da igual), viviendo su personal fantasía basada en más ruido, más potencia del motor, más hombría.

Tenemos ruido en los bares y en los cafés, donde hay que hablar a gritos para poder competir con las voces de los vecinos, pues nada hay en su instalación que absorba el ruido. Este problema se agrava en aquellos lugares que se ponen de moda para el alterne de los fines de semana, como ocurre en varios puntos de la ciudad, entre los que se destaca el Barrio del Carmen, con una concentración de bares y discotecas que multiplica el ruido y hace insoportable para los vecinos el conjunto de voces, música y gritos, pues allí y a horas avanzadas de la noche todo parece estar permitido.

Y ruido, naturalmente, también en el interior de las viviendas. No sólo el que proviene del exterior sino también el que se propaga desde los propios inmuebles ya que no están ni diseñados ni equipados contra este problema.

El ruido, en nuestro país, se origina, manifiesta y perdura en todas partes. Además de pertenecer al sur, donde somos más abiertos, expansivos y comunicativos que la gente del norte, el ruido está inserto en nuestras costumbres y también en nuestras mentalidades. Proveniente no sé de qué cauces históricos, el español -y no digamos el valenciano, acordémonos de las Fallas, fiesta ruidosa donde las haya- convive con el ruido e, inconscientemente, cree que es algo molesto pero natural o irremediable. Éste tiene que ser insoportable para que una persona se decida a emitir una queja, quizás porque piense que no se va a conseguir demasiado con la protesta o porque no quiera indisponerse con la gente o, cosa muy frecuente y que demuestra nuestro nivel de sometimiento y falta de libertad, por no llamar la atención. Además, muy a menudo el ruido se confunde con las muestras de afecto o con la manifestación de la alegría. Ambas cosas suelen ir acompañadas de tonos elevados de voz, y una persona que no se sume a este tipo de conducta de cierto alboroto puede ser tachada de rara, triste o distante.

Cambiar todo esto y conseguir que nuestras ciudades sean más tranquilas y habitables será tarea lenta pero en absoluto imposible. Y aunque sea algo que nos concierne a todos, y todos deberemos de colaborar, en primer lugar es un problema político, en el sentido que hay que aplicar los mecanismos para que la ley se cumpla (cosa que hasta el momento no hace nuestro Ayuntamiento) y promocionar buenas y eficaces campañas para la concienciación de los ciudadanos.

Entonces, sería muy posible que nos lleváramos una grata sorpresa. Si la campaña es honesta e inteligente, y no es políticamente oportunista, si se plantean ambas estrategias, aplicación de la ley y concienciación, de manera coherente y unitaria, el ciudadano comprendería y colaboraría con rapidez. Todos sufrimos por el ruido y todos deseamos una ciudad mejor.

¡En fin! Alegrémonos de los buenos propósitos y mantengamos la esperanza de que se cumplirán.

Trini Simó es profesora de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 21 de mayo de 2001