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VISTO / OÍDO

Cuidado con él

Recuerdo sólo un político pesimista, que era don Manuel Azaña. No se le puede negar su agudeza: presidente de una república, le dieron un golpe de Estado que se convirtió en guerra civil, se le fue perdiendo república y tierra día a día, fue el hombre más vilmente insultado en España vivo y después de muerto; su cadáver sigue en el exilio. ¿Cómo no iba a ser pesimista si veía desplomarse sobre él el mundo entero, nazis y comunistas incluidos?

El político es optimista, y quizá forme parte de su profesión o de su esencia: tiene que fingir, engañar, hacer ver que todo va bien; a lo largo de los siglos se ha ido rodeando de amplificadores: unas veces personas, voceros, amanuenses, heraldos, trompeteros; luego, embudos, altavoces, electrónica, tecnología: la ansiedad con que Aznar, el optimista, se lanzó sobre estos medios de amplificación desde que corrió hacia el poder, y cómo los poseyó, como un semental violador de la palabra, cuando contó con el dinero que el Estado facilita para eso, le hizo sospechoso. Y peligroso. Una información amplia se encuentra en Aves de rapiña, que publica Jesús Mota (Temas de Hoy): la doble pp suena como el percutor de un gatillo sobre el pistón. El político necesita una legión de iluminados, y no una población de reflexivos o de cultos. Se gobierna con ilusiones, se vende futuro, se disfraza el presente; no hay que alimentar al que no come, sino hacerle creer que come. La religión fue más inteligente, porque no intentaba convencer al pobre de que no lo era, sino de que sería premiado con la vida eterna: vender el futuro de algo que no existe es uno de los grandes hallazgos. Al menos el comunismo vendía algo que, en algún caso, podría llegar a existir.

El error que podemos tener las personas serias ante estos despliegues de imbecilidad optimista es que nos parezca mal por muchos motivos, muchos de ellos éticos, otros de vergüenza ajena, y bastantes de estética. Ver al optimista Aznar grabado mientras hablaba en RNE, o en su puesto del Parlamento, hacía perder todas las sospechas de estética que cupieran aún. Pero de ninguna manera hay que dejar de tenerlo en cuenta. El hombre que sobre una entelequia y una ambición personal mete al país en una aventura desgraciada y luego se ríe de su desastre, y luego dice que éste es el principio de la lucha, no es uno cualquiera. Cuidado con él.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de mayo de 2001