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LA CRÓNICA

Rusia es Europa, pero ¿Europa de qué siglo?

Mientras subo al segundo piso del CCCB, donde hace unos días tuvo lugar un ciclo de conferencias sobre el futuro de los países del centro y del este de Europa, veo la misma fauna que en la mayoría de las conferencias: los intelectuales. Hombres y mujeres, vestidos preferentemente con pantalones tejanos y una cazadora de piel, que debajo de las gafas ocultan unos ojos curiosos y sensibles, a menudo ausentes, tímidos e inseguros. Forman pequeños grupos y se dedican más a fumar que a hablar.

Los que han ocupado los asientos con la mejor visibilidad de la sala donde debe dar comienzo una conferencia sobre Rusia son personas muy distintas de las que acabo de dejar en el pasillo. Señoras con peinados de peluquería ríen despreocupadas y comparan los esmaltes de uñas que luce cada cual. Me acomodo al lado de una de ellas; la señora se dispone a enseñar a sus amigas una blusa multicolor que acaba de comprar. ¡Qué bien!, pienso. Qué bien que, en vez de ir a comprarse otra blusa, mi vecina de asiento haya decidido ir con sus amigas a una conferencia sobre el futuro de Rusia.

¿Existe la 'vía rusa' a la democracia? Un reciente ciclo de conferencias en el CCCB abordó la cuestión

Como preparación a la conferencia pienso en mis últimos viajes a Rusia. 'Rusia no busca modelos. Rusia sigue su propio camino. Su camino es distinto del de todos los demás países'. Ésta es la contestación unánime que se recibe en ese país cada vez que un extranjero pregunta por el futuro a los intelectuales de Moscú y San Petersburgo. Al oírla, el extranjero por lo general esbozaba la sonrisa sarcástica y paternal del que sabe más y mejor: '¡Ajá, el camino ruso es la originalísima vía de la corrupción y de la desigualdad social!'. Entonces en los rostros de los rusos aparecía dibujado el orgullo. El orgullo triste de alguien que sobrevive gracias a la fe en su propia originalidad, porque su fe es lo único que le queda. Desde entonces, preguntas como cuál es el camino de Rusia y en qué difiere ese camino han pululado por mi cabeza. En Rusia, nadie me las supo contestar.

El ciclo La transición de la Europa del Este, dirigido por el escritor albanés Hashkim Shehu, que durante tres meses se ha celebrado en el CCCB con una participación internacional de altísimo nivel, me ha sugerido algunas respuestas. En la primera sesión del ciclo, dedicada a la transición social y económica en Rusia, Gerhard Simon, especialista alemán sobre Rusia, se refirió a la transformación rusa como a un camino propio que se desarrolla dentro del marco de una democracia sui géneris, una democracia híbrida y no occidental. El intelectual y político ruso Andréi Grachev citó una expresión de Lenin, 'un paso adelante, dos pasos atrás', para referirse a la política actual de Rusia. Lo que en su momento consiguió la política de Gorbachov -con quien Grachev trabajó como consejero de relaciones internacionales-, los nuevos gobernantes lo han desaprovechado, dilapidando los logros económicos y echando a perder la libertad alcanzada con la glásnost.

La señora que está a mi lado ha guardado su blusa y está removiendo su bolso en busca de algo. Por fin saca una bolsita de plástico, de aquellas que hacen un ruido persistente, y de ella extrae un caramelo. Lo mastica con un placer evidente. Grachev, nada consciente de lo del caramelo, prosigue con sus preocupaciones.

Gorbachov, que promovió los métodos no violentos, la transformación y la transparencia, fue, según Grachev, una excepción en la historia del país, porque supo romper con la tradición feudal que Stalin y los que vinieron tras él reprodujeron a la perfección bajo otro signo. Grachev explicó la aversión de la sociedad rusa a abandonar el camino totalitario: tras muchos siglos de feudalismo y siete décadas de comunismo, el totalitarismo en Rusia es una realidad establecida.

Efectivamente, a veces se tiende a olvidar el hecho de que el régimen comunista en Rusia duró casi el doble que en los países satélites, y a diferencia de éstos, no era un sistema impuesto por alguien de fuera, sino algo que surgió por voluntad propia del pueblo ruso. Por eso, la problemática de Rusia es considerablemente distinta de la de los demás países ex comunistas.

La señora de la blusa recién adquirida intenta extraer otro caramelo de su bolsita de plástico, pero sus vecinos, que mientras tanto han entrado en la materia, le susurran de manera tan amenazadora que a la pobre mujer le da un corte de digestión. Ahora lanza unos hipos bien acompasados. Me esfuerzo por volver mentalmente a la democracia en Rusia...

Los rusos desconocen la democracia. ¿Es lícito preguntar si la quieren? Y ¿dónde arraiga, pues, el deseo de los rusos de ser distintos, su anhelo de seguir una vía rusa específica, tan difícil de definir? Según Grachev, ese deseo se deriva básicamente del síndrome de la grandeza perdida -política y geográfica- de Rusia: la noción de ser una potencia mundial era muy importante para la sociedad rusa, porque resultaba una compensación a la mediocridad de sus vidas. Vladímir Putin y los nuevos gobernantes rusos han sabido satisfacer la nostalgia de su gente por el pasado restableciendo el himno nacional anterior y adoptando una imagen patriótica a la antigua usanza. Y Grachev concluyó: la sociedad rusa acepta el nuevo totalitarismo de buen grado; la sociedad rusa necesita un régimen totalitario.

Terminada la sesión, las ideas expuestas me llevan a preguntarme lo que a lo largo de los siglos se cuestionaban tantos intelectuales rusos: ¿Rusia es o no es Europa? Confieso mi duda a Grachev. Con su sonrisa melancólica e irónica a la vez, este ilustre intelectual a la europea contesta mi pregunta con otra: 'Rusia es Europa, pero ¿Europa de qué siglo?'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de abril de 2001