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COLUMNA

Inmigración

La acuciante necesidad de determinados sectores productivos de contar con mano de obra no cualificada en proporciones crecientes, la diversificación de la regulación de las relaciones laborales hacia figuras centrípetas del contrato fijo indefinido, la generosidad con que hubo de regularse las condiciones de acceso a la percepción del subsidio de desempleo en momentos donde el mercado de trabajo fue pasto de la crisis económica, y, sobre todo, la desesperación de amplios colectivos sociales arrojados a la miseria por Estados en bancarrota (los de vuelta del socialismo autoritario) o estados tradicionalmente dominados por grupos oligárquicos autoritarios eminentemente depredadores de los recursos nacionales (países del Magreb, y algunos países de la América Latina), convergen ahora y aquí en un flujo creciente e imparable de inmigrantes que genera entre los actores políticos, sociales y culturales opiniones y alineamientos donde los elementos que pueden llevar a consecuencias imprevisibles y, quizás no deseadas, parecen marginales.

Las personas de tradición ideológica izquierdista, los grupos y organizaciones de inspiración religiosa, las entidades dedicadas a la caridad, las ONG volcadas en la humanización de nuestra sociedad, los partidos políticos y las instituciones públicas se encuentran en la actualidad en un abrupto debate donde todo parece reducirse a una batalla frontal entre el humanismo sin cortapisas (una persona es persona esté donde esté, y es como los otros, como nosotros mismos, venga de donde venga, y sea quien sea) y la legalidad restrictiva y temerosa inspirada, se dice, por quienes desconfían de lo primero por convicción reaccionaria, anclaje en la insolidaridad e hipocresía .

Nada puede resultar peor para la cabal comprensión de lo que el futuro puede depararnos en el tema de la inmigración que reducir los términos de ese complejo fenómeno al blanco o negro que se vislumbra.

Tampoco ayuda demasiado dejarse caer por una irreal e idílica pendiente hacia la inevitabilidad del multiculturalismo que avanza galopante, pues, lejos de ser la panacea teórica que resuelve las futuras y ya próximas contradicciones que genera y generará el proceso masivo de inmigración en países de la Europa occidental -y con ella, claro está, el País Valenciano-, en contextos sometidos a una creciente, arrogante y ya casi legalizada aculturación, en comunidades donde el pluralismo político e intelectual se desenvuelve con enormes dificultades para satisfacer la normalidad de las viejas identidades culturales, lingüísticas o, por qué no, nacionales, la inmigración incontrolada, la alegría con que el humanismo pondera las obligaciones que nos competen hacia ella y las falacias del multiculturalismo de importación norteamericana pueden constituir en un futuro próximo un poso de conflictos irresolubles, donde la estabilidad de nuestras democracias y la pervivencia de nuestro sistema político basado en el pluralismo se vean amenazados.

A quienes guiados de la mejor intención y propósito defienden la legalización de todos los sin papeles, a los que desconfían por sistema y sin razón de eso, y, especialmente, a los que aun quieren preservar un espacio identitario legítimo y propio no les irá mal reflexionar mientras leen lo que para nosotros ha escrito Giavanni Sartori en La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjería; un libro que recomiendo con pasión.

vicent.franch@eresmas.net

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 18 de abril de 2001